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Acercándome al trono de Gracia

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«Dejen todas sus preocupaciones a Dios, porque él se interesa por ustedes». 1 Pedro 5: 7

SIEMPRE HE ESCUCHADO que no hay ningún problema que Dios no pueda resolver. Hace años, cuando tenía veinticuatro años de edad, pasé por una situación que quiero compartir a manera de testimonio contigo.

Crecí en un hogar cristiano y siempre oía decir que tenía que llevar todo en oración al Señor. Sin embargo, por alguna razón, hubo momentos en mi vida en los que la oración quedó relegada a un segundo plano. Era como si solo llevara a Dios las cosas nobles, como las oraciones por la salud y la salvación. Pero un día me di cuenta de que también tenía que orar por las cosas que me mantenían despierto por las noches.

Me acababa de graduar de la Facultad de Ciencias Económicas, pero estaba encontrando dificultades a la hora de conseguir un trabajo relacionado con mi carrera. Así que acepté un trabajo a tiempo parcial en una escuela secundaria local para mantenerme ocupado mientras esperaba una oportunidad que se ajustase a mis de seos. Oré muchas veces para que Dios me concediera un trabajo que de verdad me gustara, pero pasaron casi dos años y parecía que mi oración no recibiría respuesta.

Cada día me iba frustrando más con mi trabajo, hasta que un día decidí renunciar al final de ese año escolar. Visité una universidad cercana y allí obtuve toda la información necesaria para matricularme y estudiar enfermería.

Completé la solicitud, pero oré una vez más antes de enviarla. Incluso oré por la cuota que debía pagar por enviar la solicitud: setenta dólares. Pero justo cuando iba a entregar la solicitud y pagar la cuota, recibí una llamada. La persona que estaba al otro lado de la línea telefónica estaba buscando a alguien para cubrir un puesto de prácticas en gestión empresarial durante dos años, pero tenía que estar dispuesto a trabajar para la Iglesia Adventista del Séptimo Día. No lo podía creer Dios escuchó y contestó mis oraciones.

«Mientras atendemos a nuestro trabajo diario, podemos exhalar el deseo de nuestro corazón. […] Es a Dios a quien hablamos, y él oye nuestra oración. Pedid, pues; pedid y recibiréis», dice Ellen G. White (Obreros evangélicos, cap. 55, p 267).

Ánimo. No tengas miedo de confiar todas tus ansiedades y preocupaciones a Jesús. Él se preocupa por ti.

 

Jerome Edmeade

Estados Unidos


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