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Fríamente calculado -Segunda parte-

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«¿Es justo delante de Dios obedecerlos a ustedes en vez de obedecerlo a él? ¡Júzguenlo ustedes mismos!». Hechos 4: 19, NVI

PASARON LAS SEMANAS, y el examen se mantenía en sábado. Llegó la semana programada, y se anunció la visita de unos metodólogos que estaban evaluando las escuelas en mi municipio. Ellos dijeron a las autoridades de la escuela que necesitaban llevar a los mejores alumnos a la universidad, por lo que programarían un riguroso examen de matemáticas para el día siguiente, un miércoles. Este examen sería tan difícil de aprobar que los profesores de esa asignatura debían liberar de la prueba del sábado a los que obtuvieran calificaciones de más de ochenta puntos. Estaban seguros de que con esos ejercicios matemáticos difíciles nadie pasaría el reto.

Cuando dieron este anuncio quedaban menos de veinticuatro horas para prepararse, pero yo vi en este desafío la salida por la cual había estado orando. Al siguiente día me presenté al examen y pude contestar las preguntas con seguridad, me había preparado con oración y estudio de la asignatura para poder hacerlo. Al siguiente día, cuando se dieron los resultados, solamente dos estudiantes de toda la escuela habíamos obtenido más de Ochenta puntos, le di gracias a Dios porque su plan estaba en marcha y sus propósitos se cumplen a pesar de los obstáculos del camino de la vida. El profesor no lo podía creer, con gusto hubiese cambiado el dictamen de los evaluadores y el parecer de los metodólogos.

Cuando llegó el sábado, todos los alumnos fueron a las aulas y el profesor se dirigió a donde yo hacía mi culto. Me dijo: «No sé qué pasó, siempre las pruebas se hacen en el día que yo digo, debe haber algo que te ayudó, por ahora estás aprobado». Ese «por ahora» se prolongó hasta que pude ingresar a la universidad no solo aprobado por los maestros sino por Dios.

Como joven, van a llegar a tu vida supuestas oportunidades de estudio o de trabajo, donde lo «único» que tienes que hacer son «pequeñas» concesiones en tus convicciones y principios para lograr el éxito. En esos momentos, en los que te puedes preguntar: «¿Qué debo hacer?», recuerda que otros jóvenes cómo tú enfrentaron los mismos desafíos y con la ayuda de Dios obtuvieron el mejor resultado.

Escoge a Dios y obedécele, mi experiencia y la de otros tantos demuestra que vale la pena.

 

José Antonio Álvarez Ramírez

Cuba


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