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«Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco». 1 Samuel 2: 30, RV95

HACE POCO ME TOCÓ tomar uno de los exámenes mas importantes de mi carrera. Se trataba de un examen de egreso de la universidad. La prueba se realizó un viernes y consistía en dos sesiones: de 9:00 a.m. a 1:00 p.m. y la segunda de 3:00 p.m. a 7:00 pm. En esa época del año, en mi ciudad, el sol se oculta a las 6:00 p.m., por lo que debía terminar el examen una hora antes para poder observar el sábado. Esto me preocupaba porque el examen era muy extenso y muchos fracasaban por no contar con el tiempo suficiente para contestar.

Llegó el gran día y cuando faltaban quince minutos para que finalizara la primera sesión me di cuenta de que aún tenía cerca de treinta preguntas sin responder. Contesté lo que pude, y me fui a casa para almorzar. Mientras comía pensaba: «¿Cómo completaré la segunda parte con una hora menos?». Ese examen validaría mi carrera a nivel nacional. ¡Tenía que terminarlo!

Inició la segunda y última sesión y el tiempo avanzaba inexorablemente. Cuan do faltaban quince minutos para las seis me di cuenta de que era tiempo de entregar el examen. Elevé una oración silenciosa pidiendo sabiduría. Uno de mis compañeros, que conocía mi situación, me había dicho que continuara con el examen, que Dios iba a entender que era muy importante para mí. Cuando me vi en aprietos por causa del tiempo se desató una lucha en mi interior, pero de todas maneras decidí ser fiel al Señor. Entregué el examen una hora antes que los demás y fui a mi casa. Estaba realmente decepcionado por no haber podido finalizar la prueba, aunque también estaba feliz por haber honrado a Dios.

Pasaron varios días y finalmente llegaron los resultados. Solo doce aprobamos, ¡y yo obtuve la calificación más alta! ¿Casualidad? ¡Por supuesto que no! Personalmente lo atribuyo a la bendición divina. Con razón Ellen G. White escribió: «En cualquier ramo del trabajo, el verdadero éxito no es resultado de la casualidad ni del destino. Es el desarrollo de las providencias de Dios, la recompensa de la fe y de la discreción, de la virtud y de la perseverancia. [...] Dios da las oportunidades; el éxito depende del uso que se haga de ellas» (Profetas y Reyes, cap. 39, p. 324).

 

Héctor Mendoza

México


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