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Jesús es suficiente

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«Mi nuevo pacto [...] será este: Haré que mis enseñanzas las aprendan de memoria y que sean la guía de su vida. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo». Jeremías 31: 33, TLA

ERA LA NOCHE de mi cumpleaños número veinticinco. Después de un largo día de trabajo, entre llamadas de felicitaciones y muestras de cariño, llegué exhausta a mi casa. Al colocar la cabeza sobre la almohada hice un balance de lo que significaba para mí tener veinticinco años. Si de logros se tratara, debe ría sentirme complacida: Era profesional, tenía trabajo bien remunerado, carro propio, viajes, amigos, ostentaba varios cargos en mi congregación. Pero lejos de sentirme complacida y realizada, me sentía triste y desdichada. Inexplicablemente para muchos, esa noche, mientras veía mis «logros», me sentía fracasada.

¿Se te hace familiar esa escena? ¿Has pasado en tu vida por un momento donde la gente ve en ti una gran persona, un gran futuro, pero tú solo ves un saco de inseguridades y defectos? Es como si, por más que te esforzaras en hacer las cosas bien, algo faltara. La Biblia nos habla de un caso similar: El joven rico. ¿Qué más podía pedir este joven de la vida? Pero él, al igual que yo, sentía que algo faltaba en su vida. Jesús le dio la respuesta a su problema, pero el joven no aceptó el consejo de Jesús y se marchó.

Aquella noche, mientras lloraba en silencio creyendo que estaba sola, Alguien me acompañaba y entendía lo que yo no podía entender. Alguien hablaba a mi corazón, mostrándome el camino que debía recorrer. A diferencia del joven rico, yo sí tomé la decisión de seguir a Jesús. Literalmente vendí todo lo que tenía y decidí darle un giro a mi vida. ¡No te alcanzas a imaginar todo lo que viví ese año! Tuve momentos extraordinarios, pasé por dificultades, conocí gente nueva, pero, ante todo, encontré a Jesús y entendí que ninguno de mis logros podría jamás ocupar el lugar que solo Jesús puede tener. Al cumplir 26 años, a muchos kilómetros de mi familia, al colocar la cabeza sobre la almohada y pasar balance a mi vida, sonreía y miraba al cielo, porque tenía a Jesús y eso era suficiente. Ah, algo más, en aquel viaje, además de la experiencia de mi encuentro con Jesús, Dios me permitió conocer al hombre que hoy es mi esposo.

¿No es Dios maravilloso?

 

Diana Vargas

Colombia


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