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Ojos nuevos

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«Abre mis ojos, para que contemple las maravillas de tu enseñanza». Salmo 119: 18

POCO DESPUÉS DE CUMPLIR, los ocho años de edad empecé a notar algo extraño en mí. Me di cuenta de que mis ojos no estaban funcionando correctamente. Empecé a chocarme contra los objetos que encontraba a mi paso, especialmente si se encontraban en el lado izquierdo. Poco a poco comenzó a pasar lo mismo pero ahora en el lado derecho. Mi madre me llevó al oftalmólogo, sin sospechar la gravedad del asunto. Luego de examinarme, el médico dio el veredicto: toxoplasmosis ocular bilateral. Para colmo de males pronosticó que al llegar a los dieciocho años estaría ciego.

Sentí que mi vida se hacía añicos. Lloré amargamente y empecé a cuestionar al Altísimo. Mis oraciones consistían en las mismas cinco palabras una y otra vez: «Dios, ¿por qué a mí?». A medida que crecía, mi agudeza visual disminuía cada vez más. Para cuando tenía dieciséis años había perdidos dos grados de secundaria, así que decidí abandonar la escuela. Sin embargo, algo me animó a intentarlo una vez más.

Cambié de colegio y allí conocí una joven adventista que, después de discutir con un docente sobre la existencia de Dios y asuntos espirituales, notó mi interés por el tema. Ella decidió invitarme a una serie de conferencias evangelísticas que se estaban celebrando en un gran salón de la ciudad. Cuando escuché el mensaje adventista mi corazón se estremeció. Mis ojos físicos casi habían perdido su capacidad de ver, pero en esas reuniones sentí que se abrió otro par de ojos: los ojos de la fe. Logré ver la luz al final del túnel y le entregué mi vida a Cristo Jesús.

A partir de ese momento mi vida cambió. No puedo explicar cómo, pero contra todo pronóstico logré finalizar la secundaria ¡y también la universidad! Hoy no solo soy un creyente fiel, sino que incluso tengo licencia de conducir y llevo una vida normal. Aun padezco de toxoplasmosis, por eso los doctores se asombran al examinarme, pues no creen que yo pueda ver y llevar una vida normal.

Amigo, amiga; hoy puedo decir que «era ciego y ahora veo» (Juan 9: 25). También puedo decirte que hay una ceguera peor que la física, la espiritual. Pídele a Cristo que abra tus ojos, que te permita ver lo que realmente importa.

Que tu oración esta mañana sea la del Salmista: «Abre mis ojos».

 

Diego Armando Osorio

Colombia


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