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En las manos de Dios

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«Señor, mi Dios, te pedí ayuda, y me sanaste; tú, Señor, me salvaste de la muerte; me diste vida, me libraste de morir». Salmo 30: 2-3

ALGO EN MÍ CAMBIÓ cuando descubrí que Dios no me había librado de la enfermedad. Ya no estaba tan preocupado por el milagro que anhelaba. Acepté la voluntad de Dios para mi vida y me dediqué a prepararme espiritualmente. Estudié la Biblia y oré mucho. No me importaba perder esta vida, pero no estaba dispuesto a perder la vida eterna.

Me encontraba solo en un hospital. Mi familia materna no podía estar conmigo, por razones que entendía perfectamente. Los que podían no estaban dispuestos a arriesgar su salud entrando en contacto conmigo. A pesar de todo no me sentía desanimado. Había entrado en una nueva esfera en mi relación con Dios y eso me bastaba.

Pronto empezaron a llegarme noticias como: «Acaba de morir un jovencito como tú de esa misma enfermedad en la habitación contigua». «Murió un empresario de una reconocida compañía disquera de Hepatitis B» y otras más. Parecía que Satanás no estaba conforme con quitarme la salud sino que ahora quería arrebatarme la paz.

Una noche, no sé si dormido o despierto, recuerdo haber visto a Jesús acercarse a la cama donde me encontraba y mientras extendía su mano, algo fluyó de mí hacia la cama. No le di mucha importancia, hasta el día en que los médicos se reunieron para determinar qué harían conmigo. Los escuchaba mientras decían que tenían que desocupar la cama que estaba usando, pues había otros pacientes que la necesitaban. A fin de cuentas, ya no había nada que pudiese hacerse por mí. Me repitieron varios análisis para colocarlos en mi expediente y enviarme a morir a mi casa. Cuan do recibieron los resultados no podían creer lo que veían: «Hepatitis B negativo».

Hoy sigo creyendo que Dios puede mover montañas. Él no las moverá cuan do nosotros creamos que deba hacerlo, sino cuando él entienda que es lo mejor para nosotros y nuestro destino eterno. Este, al fin y al cabo, es lo que cuenta. Dios obrará a su tiempo, en el momento correcto.

Nunca olvides que, sin importar el resultado, si confías en Dios y en sus planes para tu vida, estarás en las mejores manos posibles.

 

Carlos Acosta

República Dominicana


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