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De la calle «Lodebar» a la Calle «Restauración» -Primera parte-

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«El rey le preguntó: "¿Queda todavía alguien de la familia de Saúl […]? Y Sibá le respondió: “Queda todavía un hijo de Jonatán [...]”. “¿Dónde está?”, dijo el rey. “En Lodebar” […] respondió Sibá». 2 Samuel 9: 3-4

SOY EL MAYOR DE CUATRO HERMANOS. A los siete años pasé por la traumática experiencia de ver a mis padres separarse como resultado de una infidelidad por parte de mi madre. Recuerdo que ese día mi papá estrellaba todo lo que encontraba a su paso para desahogar su rabia, llegó incluso al punto de golpearnos a mí y mis hermanos.

Al día siguiente, nuestro padre nos llevó a vivir a casa de una tía que vivía en la más extrema pobreza, debajo de un puente a orillas del río. Era evidente que mi papá y mi tía no se llevaban bien, pues por el contrario él vivía cómodo, tenía casa propia, negocio propio y un buen vehículo. Al llegar a casa de mi tía empezamos a pasar mucha hambre, mi padre, por su parte, se refugió en el alcohol y los vicios. Al poco tiempo le embargaron la casa, perdió su vehículo y para colmo fue a parar a la cárcel por dos años. Yo interpreté que todo esto era culpa de mi madre, pues por su infidelidad nuestra vida se había arruinado. Cuando ella iba a visitarnos le gritaba groserías y maldiciones, le echaba la culpa de nuestra precaria situación y la suerte que había corrido mi padre.

Cuando mi padre salió de la cárcel y se volvió a casar pensé que las cosas mejorarían, pero me equivoqué. Ahora el problema era mi madrastra, no me llevaba bien con ella y como resultado de nuestros choques recibí muchas golpizas de mi padre. En poco tiempo el odio que sentía hacia mi madre fue desplazado por el odio hacia mi madrastra. Creo que ya puedes notar el patrón que imperaba en mi vida: el odio. Al igual que Mefi-boset, yo vivía en Lodebar.

Lodebar significa «tierra árida, hostil y seca, donde no crece el pasto», un lugar inhóspito donde se refugiaban los abusados y maltratados por la vida. Así sucede con los que permitimos que el odio controle nuestras vidas, nos marchitamos y nos tornamos hostiles, secos, huecos. Pero te tengo una buena noticia, al igual que a Mefiboset, un día el Rey me mandó a llamar. ¿Quieres saber cómo? Mañana te lo contaré.

 

José Contreras

República Dominicana


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