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Milagro durante la primavera árabe -Primera parte-

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«Te cubrirá con sus alas, y bajo ellas estarás seguro. Su fidelidad te protegerá como un escudo». Salmo 91: 4

EL JUEVES 20 DE ENERO DE 2011 nuestra profesora de árabe en El Cairo nos dijo que las clases para el martes 25 de enero quedaban suspendidas por precaución. Varias organizaciones civiles egipcias habían anunciado manifestaciones en la histórica plaza Tahrir, en el centro de la capital, con el fin de protestar contra el régimen de Hosni Mubarak, quien durante años había gobernado con mano de hierro la nación más poblada del mundo árabe.

Yo había llegado a Egipto con mi esposa y mis dos hijos pequeños un año y cinco meses antes. Trabajaba como pastor de iglesia y profesor de inglés en una escuela para refugiados. Hasta entonces, El Cairo era una ciudad muy tranquila y segura. Sin embargo, toda la tranquilidad y la seguridad que habíamos experimentado hasta entonces se esfumaron de la noche a la mañana. Había comenzado el capítulo egipcio de la llamada Primavera Árabe, una serie revueltas que alteró radicalmente la situación sociopolítica de gran parte del Próximo Oriente y el norte de África, provocando el encarcelamiento, la muerte o el exilio de varios mandatarios de la región.

La convocatoria a protestas del 25 de enero congregó a miles de jóvenes en la plaza Tahrir. La policía y grupos afines al gobierno atacaron a los manifestantes, y entonces se desató la violencia por todo el país. Murieron más de tres mil personas. Luego, para sorpresa de todos, las fuerzas armadas le dieron la espalda al presidente y decidieron apoyar a quienes protestaban. Las fuerzas policiales abandonaron los destacamentos y huyeron a sus casas. Comenzaron los saqueos y los ciudadanos, ante la ausencia de la policía, se vieron en la obligación de organizarse y armarse para proteger sus propiedades.

Nuestra embajadora nos ordenó que saliéramos de casa con el pasaporte y una maleta con ropa para los niños. Tras un trayecto en metro y taxi, logramos llegar a nuestra embajada. Allí permanecimos refugiados durante tres días. El personal de la embajada nos dispensó un trato exquisito. Desde allí pudimos comunicarnos con un pastor amigo originario de nuestro país. Había cientos de personas que estaban muy preocupadas por nuestra situación y que oraban fervorosamente por nuestro bienestar. Sus oraciones fueron escuchadas. Puedo dar testimonio de que la fidelidad de Dios nos protegió como un escudo.

Mañana terminaré de contarte mi historia.

 

Aneury Vargas

Filipinas


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