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Misión imposible

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«Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres se les anuncian las buenas noticias». Mateo 11: 5, RVC

DURANTE EL AÑO 2006 cursaba yo el internado de pregrado en el Hospital General de Ensenada, México. Una noche, una ambulancia trajo a una paciente grave a la sala de emergencias. La mujer estaba pálida, en choque, con un sangrado activo e intenso. Inmediatamente pedí que se buscaran las vías venosas para transfundirle líquidos. Pedí asimismo que dieran aviso al banco de sangre y que pasaran a la paciente al quirófano.

Corrí a buscar al ginecólogo de guardia y comenzamos la cirugía. Mientras operábamos nos leían el historial: había ingresado a un hospital privado a primeras horas de la mañana, un ultrasonido había confirmado hacía diez horas que su bebé había muerto dentro del útero. Ese era su cuarto embarazo y los tres anteriores también habían terminado en abortos.

Al escuchar el historial me entristecí mucho, esa mujer había intentado ya cuatro veces ser madre y no lo había logrado. Imaginé su gran anhelo por traer una nueva vida al mundo y pensé también en el sufrimiento que había experimentado en tres ocasiones consecutivas al perder las criaturas anteriores. Y ahora estaba abortando de nuevo

Extrajimos al bebé, flácido, de coloración marmórea, evidentemente muerto. Pero no tuve mucho tiempo de compadecerme de la criatura, pues el sangrado continuaba. Acto seguido el ginecólogo exclamo: «¡Es una placenta percreta!». Debíamos extraer también el útero. Pensé de nuevo en esa mujer; definitivamente ya no podría ser madre y ahí, en medio de la operación, elevé una oración a Dios en mi corazón: «Señor, tú lo puedes todo, ¿podrías hacer que ese niño resucite?».

Ni bien había terminado de orar cuando un enfermero exclamó: «¡El niño está respirando!». Lo auscultó y dijo: «¡Su corazón está latiendo!». Momentos después habíamos terminado la intervención, y el bebé estaba sonrosado en la unidad de cuidados intensivos neonatales mientras todos en el quirófano afirmaban que había sido un milagro, yo sonreía y lloraba al mismo tiempo por la grandeza del Dios a quien servimos.

El mismo Dios que tiene el poder de devolver la vista a los ciegos, el oído a los sordos y la vida a los muertos puede obrar el milagro que tanto esperas en tu vida hoy. Contemplar las experiencias pasadas fortalece nuestra fe en el presente.

¿Estás pidiendo algo «imposible»?

Para Dios no existe tal cosa.

 

Anónimo

México