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La ley del amor

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«Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos». Juan 14: 15

TODO PARECÍA INDICAR que llegaría tarde al trabajo. Así que decidí tomar la autopista, rogando que no hubiera accidentes ni congestión, pues así logra ría llegar a la oficina en diez o quince minutos. Pisé el aceleradora fondo y comencé a rebasar vehículos que, aparentemente, no tenían tanta prisa como yo, entre ellos un Corvette cuyo conductor no compartía mi amor por la velocidad.

Como yo no quería conducir de forma imprudente, miré al velocímetro. Para mi asombro, la aguja descansaba tranquilamente sobre el cero. Por supuesto, algo le pasaba a mi indicador de velocidad. Mientras daba golpecitos al panel, con la esperanza de que comenzara a funcionar, me di cuenta de que solo tenía dos opciones: seguir acelerando, ya que el indicador me decía que ni siquiera me estaba moviendo, o podía disminuir la velocidad, porque sabía que estaba violando las leyes de tránsito.

¿Por qué nos sucede a veces que las mismas leyes establecidas para nuestro bien estar parecen inconvenientes y restrictivas? Incluso la ley de Dios parece ser una lista de obligaciones y prohibiciones que nos limita. Cuando pensamos en la ley de Dios, en especial en los Diez Mandamientos, la mayoría de nosotros puede imaginar la montaña cubierta de grandes nubes, relámpagos que atraviesan el cielo y truenos. Pensamos en esas grandes tablas de piedra como si se tratara de una lista de prohibiciones. Sin embargo, la ley de Dios es muchísimo más que eso, pues está basada en el gran amor de Dios hacia nosotros.

Si miramos los mandamientos desde esta perspectiva de amor, también podremos ver que los mandamientos nos brindan libertad para establecer una genuina relación con Dios al ponerlo sobre todo lo demás, y libertad para adorarlo y mostrar le el respeto que él merece. También nos ofrecen libertad del egoísmo, la avaricia, la envidia y la mentira.

¿Es posible entonces vivir en armonía con la ley divina? Podemos intentarlo, pero al igual que mi indicador de velocidad, tratar de obedecer los preceptos de Dios por nuestra cuenta no nos llevará a ningún lado. Solo cuando vamos a Cristo y lo aceptamos, podemos vivir verdaderamente de acuerdo con su voluntad; amar a Dios con todo nuestro corazón, nuestra alma, nuestras fuerzas y nuestra mente, y amar también a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

 

Sabine Honoré

Editora de IADPA


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