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LA ORACIÓN QUE SALE DEL CORAZÓN

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«Oye mi oración, Jehová y escucha mi clamor. No calles ante mis lágrimas; porque forastero soy para ti, y advenedizo, como todos mis padres. Déjame, y tomaré fuerzas, antes que vaya y perezca» (Salmos 39: 12, 13).

MERCEDES, una colportora estudiante, salió un verano con mucha necesidad de tener éxito para pagarse sus estudios. Le faltaba un año para terminar su carrera pero no contaba con los medios necesarios. Al llegar al pueblo que le habían asignado para vender libros, una familia se ofreció a hospedarla.

Con mucho entusiasmo, Mercedes salía cada día a ofrecer los libros que llevaba. Tras cinco semanas sin vender uno solo, comenzó a angustiarse. Al borde de la desesperación, Mercedes oró: «¿Por qué me trajiste aquí para fracasar? Sabes que recesito terminar mi carrera. Señor, ayúdame. No me dejes sola, ven a mi lado».

A la mañana siguiente, visitó algunos comercios y hogares sin éxito alguno. Durante la tarde, fue al parque principal de la ciudad y se sentó a llorar a solas. De repente, un caballero se sentó a su lado y le preguntó:

-Señorita, ¿qué le sucede? ¿Puedo ayudarla en algo?

-No me pasa nada -dijo ella sin levantar la mirada.

Pero ante la insistencia del hombre, ella le presentó los libros que vendía. El caballero compró dos. Mercedes tomó nota de su dirección para hacer la entrega en quince días.

Esa venta detonó el éxito. De allí en adelante, la joven vendió lo suficiente como para ganar dos becas de estudio y garantizar su graduación. A los quince días, Mercedes fue a entregar los libros que el caballero amablemente había pagado. Su sorpresa fue grande al darse cuenta de que esa dirección no existía y nadie conocía a ese hombre. Mercedes tiene la certeza de que un ángel la animó y le compró los libros.

Dios jamás deja sin contestar la oración que clama por su presencia en nuestra vida. Es más, aunque no lo percibamos, él siempre está a nuestro lado. En ocasiones, como en el caso de Mercedes, su presencia se vuelve más tangible, por medio de sus ángeles. En el silencio de nuestra soledad o en la compañía de un visitante misterioso, Dios está a nuestro lado, dispuesto a actuar.


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