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EL PODER DE LA CADENA DE ORACIÓN

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«Cooperando también vosotros a favor nuestro con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don concedido a nosotros por medio de muchos» (2 Corintios 1: 11).

CARLOS TRABAJABA para la Iglesia Adventista. Era muy querido por todos debido a su espíritu servicial. No medía esfuerzos para servir en la iglesia, y trabajaba a la hora que se le pedía. Era tanto su afán por terminar los trabajos pendientes, que una vez se quedó después de su horario, cuando ya se habían ido casi todos los empleados de la oficina. Cuando estaba realizando su tarea, se quedó paralizado sobre un escritorio, a causa de un derrame cerebral.

Afortunadamente, alguien lo encontró y lo llevamos de inmediato al hospital. Después de varios estudios e intentos, el médico llamó a su familia y le comunicó que Carlos tenía muerte cerebral; debían prepararse para lo peor. Yo estaba acompañándolos y le dijimos al médico que clamaríamos a Dios mientras ellos luchaban por reanimarlo. Ese mismo día, se pidió también a muchas personas que nos ayudaran a orar por él.

Después de algunos días de inconsciencia, el médico nos dio la grata noticia de que Carlos había despertado y que en pocos días saldría del hospital. Para toda la iglesia, eso fue un milagro palpable. Vimos cómo la mano de Dios actuó a favor de su pueblo unido en oración. Esa cadena unió a la iglesia con un propósito, y pudimos ser testigos de un milagro. El versículo de hoy señala que el apóstol Pablo creía en el poder de la iglesia intercesora, y destaca la unidad y las bendiciones que reciben los que se unen en oración por otros. E. G. White nos aconseja orar juntos con fervor:

Hay necesidad de oración, de oración muy ferviente, sincera, como en agonía, de oración como la que ofreció David cuando exclamó: «Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía» (Salmos 42: 1). «Yo he anhelado tus mandamientos» (Salmos 119: 40). « He deseado tu salvación» (Salmos 119: 174). «Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo » (Salmos 84: 2). «Quebrantada está mi alma de desear tus juicios en todo tiempo» (Salmos 119: 20). Tal es el espíritu de la oración que lucha, como el que poseía el real salmista (E. G. White, Testimonios para la iglesia, t. 4, pág. 525).

Si oramos en comunión para interceder por los demás, Dios se hace presente y nos extiende sus brazos de amor que nos cobijan. ¿Conoces a alguien que necesita una oración intercesora? No esperes más tiempo, es momento de orar por aquellos que sufren.


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