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LA ÚNICA FUENTE DE ESPERANZA

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«El Dios de la esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo» (Romanos 15: 13).

¿PUEDE HABER ESPERANZA en un mundo lleno de tinieblas? Cuanto más oscuro es el mundo, más resplandece la esperanza en Cristo Jesús. Muchas personas concentran su confianza en cosas que no pueden proveer seguridad: dinero, poder, fama, en seres humanos falibles; pero nada terrenal puede brindar esperanza real.

La esperanza es esencial y sin ella no podemos sobrevivir. Por lo tanto, es el antídoto para el temor que invade nuestro mundo y asalta a cada uno de nosotros. Muchos no tienen esperanza futura, y por eso se enfocan en el presente inmediato, en el placer instantáneo y la satisfacción. No tienen un futuro que esperar, nadie en quien depositar su esperanza.

El 30 de octubre de 2006, dos alpinistas mexicanos, Alfonso de la Parra y Andrés Delgado, intentaron escalar el monte Everest (el más alto del planeta, con 8848 metros de altura). Antes de llegar a la cima, se perdieron a causa de una nevada muy intensa. Sus familiares y amigos dieron aviso a las autoridades. Los rescatistas especializados buscaron por tierra y también usaron helicópteros pero no pudieron hallarlos.

Los familiares les preguntaron si podían mantener la expectativa de encontrarlos con vida. Respondieron que solamente podrían sobrevivir cinco o siete días en aquellas condiciones. Más allá de ese periodo, no habría esperanzas de encontrarlos con vida, sino únicamente de encontrar sus cuerpos.

Depositar nuestra confianza únicamente en las fuerzas, la inteligencia o el poder de los humanos, puede decepcionarnos profundamente. No importa cuán bien intencionadas sean las personas, ya que sencillamente, no pueden lograr lo imposible. Nada más en Dios podemos depositar con confianza nuestras esperanzas, porque él logra lo imposible. El salmista asegura: «Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en Jehová su Dios» (Salmos 146: 5).

Esto se vuelve vital en lo que se refiere al destino eterno. Solamente Dios es la esperanza de salvación y aparte de él, no hay quien salve. Él nos ha prometido la vida eterna, si creemos en el sacrificio de Cristo en la cruz. Él ya pagó el precio de la salvación. Ya venció por nosotros, y por eso esperamos confiados en él. Demos gracias a Dios hoy por la bendita esperanza que ha puesto en nuestro corazón. ¡Alabado sea su santo nombre!


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