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ESPERANZA Y SALVACIÓN

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«Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad que es según la piedad en la esperanza de la vida eterna. Dios, que no miente, prometió esta vida desde antes del principio de los siglos» (Tito 1: 1, 2).

EN ESTOS VERSÍCULOS, el apóstol Pablo vincula el conocimiento de la verdad con «la esperanza de la vida eterna». Se construye por medio del conocimiento de Dios en su Palabra. Cuando conocemos y confiamos en Dios, la esperanza inunda nuestro corazón y también mejora nuestra vida espiritual.

El apóstol Juan menciona: «Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro» (1 Juan 3: 3). La esperanza y la fe son las manos que reciben la salvación ofrecida por Dios.

La esperanza cristiana, por lo tanto, no es un espejismo en medio del desierto de esta vida. No es una ilusión ni una utopía. Está basada en las promesas de un Dios «que no miente». El apóstol Pablo también destaca la idea de que nuestra esperanza está construida sobre las promesas de Dios que él estableció a manera de juramento:

Queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento, para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo (Hebreos 6: 17- 19).

La esperanza es el ancla del alma, que trae estabilidad y nos mantiene seguros en medio de las tormentas de esta vida. El salmista sostiene que tiene origen divino, y la compara con la seguridad de una roca: «En Dios solamente reposa mi alma, porque de él viene mi esperanza. Solamente él es mi roca y mi salvación. Es mi refugio, no resbalaré» (Salmos 62: 5, 6).

Si aceptamos la invitación de Cristo y nos aferramos a esta bendita esperanza, no habrá tormenta que pueda arrebatarnos la salvación ofrecida. Así pues, Dios nos ofrece dirección y sentido en esta vida, además de protección para que lleguemos a buen puerto. Cuando las olas del temor y la preocupación te amenacen en este día, lanza el ancla de la esperanza, y confía en Dios.


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