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MI ESPERANZA ES CRISTO JESÚS

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«Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en Jehová su Dios» (Salmos 146: 5).

CUANDO E. G. White estaba en Australia, enfermó gravemente. Durante esta experiencia, escribió:

Cuando el dolor me parecía casi insoportable, miraba a Jesús y oraba fervientemente, y él ha estado junto a mí, y la oscuridad ha desaparecido para dar paso a la luz. El aire mismo parecía tener una agradable fragancia. ¡Cuán gloriosa parecía la verdad! ¡Cuán elevadora! Podía descansar en el amor de Jesús. El dolor seguía siendo mi porción, pero la promesa: «Bástate mi gracia», era suficiente para sostenerme. Los dolores más agudos parecían convertirse en paz y reposo. En la noche, durante horas he tenido una dulce comunión con Dios. Mi mente parecía estar iluminada. No tenía disposición para murmurar ni quejarme. Jesús era el motivo de mi esperanza, gozo y ánimo (E. G. White, A fin de conocerle, pág. 282).

Si Cristo es nuestra esperanza, ¿por qué no ir a él? ¿Por qué no confiar plenamente en su promesa de salvación? Solamente en él tenemos seguridad. Sólo él trae paz al corazón. Es Jesús el que puede rescatarte del pozo en que ha caído tu vida, el que sacia tu sed, el que te llena de favores y misericordia. El apóstol Pablo nos invita a poner «los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (Hebreos 12: 2). No importa cuán profundo hayas caído, él puede levantarte y fortalecerte. ¡Él es el Dios de la esperanza!

Job llevó una vida marcada por la esperanza. Este hombre era perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal; pero su confianza fue probada severamente. Dios permitió que Satanás pusiera a prueba su esperanza. Así que, al perderlo todo, Job exclamó: «Jehová dio, y Jehová quitó, ¡Bendito sea el nombre de Jehová!» (Job 1: 21). Él jamás atribuyó a Dios la culpa de su pérdida y su sufrimiento. Expresó su esperanza con estas bellas palabras: «El árbol, aunque lo corten, aún tiene la esperanza de volver a retoñar, de que no falten sus renuevos [...]. Pero yo sé que mi Redentor vive, y que al fin se levantará sobre el polvo, y que después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios» (Job 14: 7; 19: 25, 26).

Cuando depositamos nuestra esperanza en Cristo Jesús, él nos sostiene en toda ocasión. El fundamento de nuestra esperanza es nuestro Señor y, sin él, nada somos, nada tenemos y nada alcanzaremos. Si Job, tras perderlo todo, pudo sostenerse aferrado a la esperanza, hoy podremos hacer frente a las dificultades aferrados a esa misma esperanza.


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