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UNO CON CRISTO

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«Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3: 28).

SER UNO CON CRISTO significa dejar que él esté al mando de nuestra vida. E. G. White afirma: «Todo lo que el nombre puede hacer sin Cristo está contaminado de egoísmo y pecado [...]. Cuando pensamos mucho en nosotros mismos, nos alejamos de Cristo, la fuente de la fortaleza y la vida» (E. G. White, El camino a Cristo, pág. 60, 71). Es claro que Dios nos pide que seamos uno con él, en actitudes y en pensamientos, y que permanezcamos escondidos en él.

José, un acaudalado empresario, conoció el evangelio y se unió a Cristo. Poco a poco, sin embargo, comenzó a apartarse nuevamente de él, hasta encontrarse muy lejos de esa relación inicial. Al mismo tiempo, una de sus hijas enfermó de gravedad. Recorrió varios hospitales sin resultado. Gastó toda su fortuna tratando de recobrar la salud de su hija. Cuando todo parecía perdido, recordó las palabras escritas en el Evangelio: «Separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15: 5). Reconoció su pecado, pidió perdón y suplicó intensamente por la salud de su pequeña. Dios guió las cosas para que encontrara un médico que, finalmente, la sanó. Perdió todo su dinero pero ganó la paz de Cristo en el corazón.

No hay nada en nosotros que nos haga prosperar. Sin Cristo y fuera de él vivimos sin rumbo y sin esperanza, como lo declara este maravilloso pensamiento:

«Solo estando en comunión con él diariamente y permaneciendo en él cada hora es como hemos de crecer en la gracia» (White, ídem, págs.68, 69).

Por eso, el texto de hoy afirma: «Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús». Cuando somos uno con el Señor, contamos con su bendición, gracia y su protección, le pertenecemos a él, y hay paz en nuestro corazón. «Tu esperanza no se cifra en ti mismo, sino en Cristo. Tu debilidad está unida a su fuerza, tu ignorancia a su sabiduría, tu fragilidad a su eterno poder» (White, ídem, pág. 70). Te invito en este día a que camines en presencia del Señor.


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