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TU DEVOCIÓN A CRISTO

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«Aconteció que, yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra» (Lucas 10: 38, 39).

LA EXPERIENCIA práctica de María Magdalena (Lucas 10: 38-42), nos demuestra cuál debe ser nuestra devoción a Cristo. Jesús le remarcó a Marta que sólo una cosa es necesaria, y agregó que lo que María había elegido, nadie se lo quitaría.

Marta era muy religiosa pero poco espiritual. Era muy trabajadora, buena cocinera, afanada y turbada por los quehaceres diarios pero quejosa por los que dedican más tiempo a estar con Jesús.

Por otro lado, María había sido arrastrada al pecado por Simón. Él la había amenazado para que no lo denunciara, y ella vivió con un sentimiento de culpa que la llevó a mudarse a Magdala. Allí conoció a Cristo Jesús y se sintió perdonada. Luego, en Betania, donde Jesús acostumbraba llegar frecuentemente, María demostró cuánto amaba a su Salvador, dedicando el tiempo necesario para escucharlo.

La primera acción de María fue sentarse a los pies de Jesús, buscando comunión diaria con él a través del estudio de la Palabra y la oración. Por medio de la contemplación, fue transformada y Cristo entró a su corazón. E. G. White expresa: «María Magdalena, de quien él echó siete demonios, fue la última en alejarse de su sepulcro y la primera a quien él saludó en la mañana de la resurrección» (E. G. White, El discurso maestro de Jesucristo, pág. 110). Al contemplar a Jesús hay transformación real. Por eso Pedro, Santiago y Juan fueron transformados al centrar sus vidas en Jesús. E. G. White lo deja claro:

Juan anhelaba amor, simpatía y compañía. Se acercaba a Jesús, se sentaba a su lado, se apoyaba en su pecho. Así como una flor bebe del sol y del rocío, él bebía la luz y la vida divinas. Contempló al Salvador con adoración y amor hasta que la semejanza con Cristo y la comunión con él llegaron a constituir su único deseo, y en su carácter se reflejó el carácter del Maestro (White, La educación, pág. 87).

Si hoy nos sentamos a los pies de Jesús para escucharlo como María, recibiremos su paz y su gracia.


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