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Vamos y adoremos a Dios

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«Dios es Espíritu; y los que lo adoran, en espíritu y en verdades necesario que adoren» (Juan 4: 24).

LA ADORACIÓN A DIOS va más allá de un lugar de culto, de una ofrenda, de un sacrificio o de una oración. Adorar al creador de nuestra vida es derramar todo nuestro ser entero delante de él. La adoración en espíritu y en verdad está centrada en Cristo, no en el formalismo. Así pues, Jesús le explicó a la mujer Samaritana que ya no se necesitaban más los sacrificios de animales en los templos para adorar a Dios. Lo que Dios requiere del ser humano es su mente y corazón (Mateo 22: 37, 38). La adoración en espíritu y en verdad es trinitaria: adoramos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. El apóstol Pablo menciona: «Nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne» (Filipenses 3: 3).

En la adoración en espíritu y en verdad, se experimenta la presencia de Dios. Él viene para estar con nosotros. Sofonías afirma: «Jehová está en medio de ti; ¡él es poderoso y te salvará, se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará por ti con cánticos!» (Sofonías 3: 17). Sobre todo, la verdadera adoración incluye una vida de entrega y obediencia a Dios. Cuando Pablo dice que presentemos nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, está hablando de un acto espiritual de adoración. Es llegar a Dios con humildad y reconocimiento. Dios busca adoradores que sean conscientes de su pecado y su culpabilidad, como el publicano que llegó al templo y con humildad, dijo: «Dios, Sé propicio a mí, pecador», y regresó a su casa justificado por la sangre de Jesús (Lucas 18: 13).

William Temple alguna vez expresó que la «adoración es la sumisión de toda nuestra naturaleza a Dios. Es la agudeza de conciencia por su santidad, el sustento de la mente con su verdad; la purificación de la imaginación por su belleza; la apertura del corazón a su amor, y la rendición de la voluntad a su propósito».

Hoy, adoremos a Dios en espíritu y en verdad, y entreguemos todo nuestro corazón a Cristo.


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