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La generosidad no se hereda, se cultiva

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«Si primero está la voluntad dispuesta, Será aceptado según lo que uno tiene, no según lo que no tiene» (2 Corintios 8: 12).

NO NACEMOS GENEROSOS. La generosidad la da Dios a quienes la piden. Es una virtud que todos debemos cultivar, ya que es un principio celestial. Como afirma el versículo de hoy, lo importante es la Voluntad dispuesta. Quiere decir que, para ser generosos, necesitamos fuerza de voluntad.

El apóstol Pablo afirma que Dios es poderoso para hacer que abunde en nosotros toda gracia (2 Corintios 9: 8). No podemos gobernar nuestros pensamientos, impulsos y afectos. Necesitamos entregarnos a Dios para que él obre en nosotros tanto el querer como el hacer. Si nuestra fuerza de voluntad es dirigida por Dios, creará en nosotros la generosidad que necesitamos para convertirnos en bendición para otros, porque la generosidad es el espíritu del cielo y una bendición para quien la práctica. Motivada por el Espíritu Santo, la generosidad se convierte en un círculo virtuoso en el que cuanto más damos, más recibimos. La Palabra de Dios lo confirma así: «Hay quienes reparten y les es añadido más, y hay quienes retienen más de lo justo y acaban en la miseria» (Proverbios 11: 24). Abre tu mano, tu corazón y pon a disposición tus talentos, tus habilidades, tu amor, tu bondad, y verás milagros en tu vida.

El apóstol Pablo aconseja: «Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre» (2 Corintios 9: 7). Seamos generosos primero con los de casa, y después con la comunidad. Cultivemos la generosidad y pidamos a Dios que la implante en nosotros. Se necesita esfuerzo de nuestra parte para desarrollar esta virtud. Hoy, digamos: «Señor, quiero practicar la generosidad, concédeme ese don, lo necesito. Quita de mí todo espíritu egoísta. Llena mi corazón de generosidad».


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