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Preparados para cruzar el Jordán

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«Mi siervo Moisés ha muerto. Ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, hacia la tierra que yo les doy a los hijos de Israel» (Josué 1: 2).

IMAGINEMOS: nos encontramos en la antesala, en Sitim, territorio de Moab, ya hace algunos meses. Pero no podemos permanecer en este lugar porque es una tierra donde la gente adora muchos dioses, predominan la corrupción y la maldad. Estamos a unos diez kilómetros del Jordán. Dios se dirige a Josué, pidiéndole que guíe a su pueblo al otro lado del río.

Josué representa a Cristo, ya que gracias a él podemos entrar a la tierra prometida. Este acto simboliza nuestra salvación y herencia eterna. El pueblo de Israel recibió la orden de cruzar el Jordán. Cristo también ordena a su iglesia seguirlo de inmediato: «Ninguno que, habiendo puesto su mano en el arado, mira hacia atrás es apto para el reino de Dios» (Lucas 9: 62).

La segunda orden es tomar posesión de la tierra prometida. Ya es tiempo de entrar en Canaán. Cristo ha abierto las puertas del reino de los cielos, solamente falta que estemos dispuestos. La tercera orden es ser valientes. Se necesita valor para vencernos a nosotros mismos. Se necesita valor para vencer las tentaciones y para dejar todo para seguir a Cristo.

A unos cuantos metros de la orilla del Jordán, Israel levantó un campamento provisional por tres días. Esto nos enseña que esta tierra es provisional también para nosotros, porque pertenecemos a la patria de Dios y estamos a unos cuantos días de llegar a nuestro destino, a nuestra morada final, el cielo.

E. G. White nos insta:                                     

La entrega debe ser completa. Toda alma débil que, rodeada de dudas y luchas, se entrega completamente al Señor, se coloca en contacto directo con agentes que la capacitan para vencer. El cielo está cerca de ella, y tiene el sostén y la ayuda de los ángeles misericordiosos en todo tiempo de prueba y necesidad (E. G. White, Los hechos de los apóstoles, pág. 241).

En este día, decidamos llegar a nuestro hogar celestial, preparados plenamente para ver a Jesús venir en gloria y majestad y vivir con él para siempre.


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