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Mirar al cielo

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«Nuestra ciudadanía está en los cielos de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo» (Filipenses 3: 20).

MIENTRAS UN HOMBRE caminaba por el bosque, encontró un aguilucho. Se lo llevó a su casa y lo puso en un gallinero, donde pronto aprendió a comer la misma comida que los pollos y a conducirse como ellos. Un día, un naturalista que pasaba por allí le preguntó al propietario por qué un águila tenía que permanecer encerrada en el corral con los pollos.

—Como le he dado la misma comida y le he enseñado a ser un pollo, nunca ha aprendido a volar —respondió el propietario—. Se conduce como los pollos y, por lo tanto, ya no es un águila.

—Sin embargo —insistió el naturalista—, tiene instinto del águila y, con toda seguridad, se le puede enseñar a volar. Después de discutir un poco, los dos hombres convinieron en averiguar si era posible que el águila volara. El naturalista la tomó en sus brazos suavemente y le dijo:

—Tú perteneces al cielo, no a la tierra. Abre las alas y vuela. El águila, sin embargo, estaba confundida, no sabía qué era volar y, al ver que los pollos comían, saltó y se reunió con ellos de nuevo. Sin desanimarse, al día siguiente el naturalista llevó al águila al tejado de la casa y la animó, diciéndole:

—Eres un águila. Abre las alas y vuela.

Pero el águila saltó una vez más en busca de la comida de los pollos. El naturalista se levantó temprano al tercer día, sacó al águila del corral y la llevó a una montaña. La elevó directamente hacia el sol. El águila empezó a temblar, a abrir lentamente las alas y, finalmente, con un grito triunfante, voló alejándose en el cielo. Esta parábola refleja muy bien la situación de la humanidad. El pecado ha desdibujado la imagen de Dios en el ser humano. Nos hemos acostumbrado a vivir como esclavos en este mundo miserable, sin darnos cuenta de que existe otra clase de existencia. No fuimos creados para convivir con el dolor y el sufrimiento. No fuimos creados para vivir alejados de Dios. Cuando nos entregamos a Cristo, Dios perdona nuestros pecados y nos renueva espiritualmente. Por el poder de su Espíritu Santo, somos capacitados para vivir de acuerdo con nuestra verdadera naturaleza; aun cuando a veces anhelemos nuestra antigua vida. Pronto, Cristo vendrá por nosotros.

Pongamos los ojos en Jesús, y miremos las cosas de arriba, no las de la tierra, para vivir con él para siempre.


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