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La felicidad proviene de Dios

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«Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea completo» (Juan 15: 11).

TODOS ANHELAMOS ser felices y vivir una vida llena de gozo y de paz, pero las circunstancias que nos rodean muchas veces impiden llegar a lo anhelado. La Real Academia de la Lengua Española define a la felicidad como: «El estado de grata satisfacción espiritual o física». Por otro lado, la felicidad es percibida por algunas culturas en forma diferente: para los occidentales, se mide por la solvencia económica, y para los orientales, por la armonía o tranquilidad que experimentan los individuos.

En el 2006, dejó de reinar el monarca Jigme Singye Wangchuck, del reino de Bután, país situado en el Sur de Asia, entre India y China. Cuando fue coronado en 1974, en su discurso inaugural, dijo: «La felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interno bruto del país». Desde entonces, luchó para que su gente encontrara la felicidad, haciendo cambios en las políticas de su nación. Desarrolló un programa modelo de búsqueda de la felicidad, combinando lo material con lo espiritual. Dedicó a ello sus 32 años de reinado. La pregunta es: ¿Fue su pueblo más feliz que los otros? Las encuestas afirman que lograron un mayor bienestar, pero no realmente la felicidad.

Esto nos hace pensar en que la felicidad está más allá de las posesiones materiales o de un mejor estilo de vida. Jesús relacionó la felicidad con él y con su mensaje. No hay mayor gozo que Cristo viva en nuestro corazón y que, por medio de su presencia en nuestra vida, traiga paz y felicidad. De esta manera, la felicidad está más vinculada con una relación que con posesiones. Es algo interior que no puede medirse por ciertas circunstancias exteriores. Cuando encontramos a Cristo, tenemos el Camino, la Verdad y la Vida.

Dios tiene interés en nuestra felicidad. «Todo el cielo está interesado en la felicidad del hombre. Nuestro Padre celestial no cierra las avenidas del gozo a ninguna de sus criaturas» (E. G. White, El Camino a Cristo, pág. 46). Por lo tanto, si el secreto de la felicidad está en Jesús, debemos buscarlo insistentemente. Él está a nuestro alcance y es su deseo que seamos felices. Oremos para relacionarnos con Cristo a través del aprendizaje de su Palabra.


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