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¿Fructífero o estéril?

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«Por la mañana, volviendo a la ciudad, tuvo hambre. Viendo una higuera cerca del camino, se acercó, pero no halló nada en ella, sino hojas solamente, y le dijo: "¡Nunca jamás nazca de ti fruto!”. Y al instante la higuera se secó”» (Mateo 21: 18, 19).

JESÚS DESPUÉS DE PASAR LA NOCHE EN BETANIA, el lunes muy de mañana se dirigió a Jerusalén. Mientras caminaba por las veredas con sus discípulos, tuvo hambre y se dirigió a una higuera para comer de sus frutos. La planta estaba llena de hojas, en señal de que tenía abundantes higos. Sin embargo, su apariencia era engañosa. Jesús maldijo la higuera ese día. Los discípulos se llenaron de espanto porque no era el proceder normal de Jesús. Lo habían oído decir que no había venido para condenar al mundo, sino para que el mundo pudiese ser salvo por él. Habían conocido a Jesús como restaurador y sanador, pero no como destructor. Él deseaba que nada muriera, pero con la higuera que se secó estaba dando un mensaje claro a su pueblo: todo el que no da frutos para ser bendición es desechado.

El pueblo había perdido de vista su verdadero carácter y se había convertido en una nación que realizaba su obra sagrada con arrogancia convirtiendo a la religión en algo formal y ceremonial, que no transformaba al corazón. Tal como la higuera nació para servir al hambriento y sediento, la iglesia nació para servir a la humanidad.

Esta amonestación es para todos los tiempos, para todos los cristianos. Nadie puede vivir la ley de Dios sin servir a otros. La vida debe ser una vida llena de misericordia y abnegación en Cristo, una vida que vive el arrepentimiento y humildad. Con la maldición de la higuera, Cristo mostró cuán abominable es a sus ojos esta vana pretensión. Declaró que todo lo que es apariencia de piedad y falsa religión debe ser transformado.

Esta higuera estéril con su ostentoso follaje ha de repetir su lección en cada época hasta el fin de la historia de este mundo [...]. Si el espíritu de Satanás en los días de Cristo se introdujo en los corazones de quienes no habían sido santificados, para contrarrestar los requerimientos divinos a esa generación, seguramente también intentará ingresar en las profesas iglesias cristianas de nuestros días» (E. G. White, El Cristo triunfante, pág. 258).

Cristo desea limpiarnos de todo lo que no es útil y de todo lo que no sirve, para transformarnos en hombres y mujeres a su imagen y semejanza. Pídele a Dios que comience a trabajar en tu corazón.


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