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Cristo, poder para limpiar

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«Vinieron, pues, a Jerusalén, y entrando Jesús en el Templo comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el Templo. Volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas» (Marcos 11: 15).

EN AQUELLOS TIEMPOS, los atrios del Templo eran visitados por personas impías. Como muchos no podían llevar el sacrificio que exigía la ley de Moisés, existía una compraventa de animales. Se podían adquirir las ofrendas y cambiar dinero extranjero por la moneda del santuario. Los negociantes se aprovechaban de la exclusividad de su negocio y pedían precios exorbitantes. Las ganancias luego eran compartidas con los sacerdotes. El templo se había convertido en una cueva de ladrones.

Pero Jesús llegó y volcó las mesas. Ante su autoridad como Dios, los negociantes, sacerdotes y líderes del pueblo huyeron de su presencia. Solamente quedaron los enfermos y las personas humildes que se acercaron para adorarlo. El Templo se llenó de nuevo de personas sinceras que sí creían y aceptaban a Cristo en su corazón. Esas eran personas obedientes, necesitadas de la ayuda de un Dios Todopoderoso, necesitados de la gracia divina. Al limpiar el Templo de toda corrupción, Jesús quería darles una enseñanza importante a sus discípulos.

La limpieza del Templo simboliza la limpieza del alma. Nuestra vida es el templo de Dios, pero ha sido invadido por deseos carnales, y Dios ha sido desplazado del primer lugar. Sin embargo, nos llama a ir a él y ser totalmente limpios, porque nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo. Hemos recibido este cuerpo de Dios y no es nuestro, porque hemos sido comprados por precio, con la sangre preciosa de Cristo (1 Corintios 6: 19, 20).

En cierta ocasión, un predicador visitó a un joven para hablarle de Jesús. Al pasar a su cuarto, se dio cuenta de que las paredes estaban tapizadas de cuadros obscenos. El predicador no hizo ninguna referencia a ello. Únicamente dijo que tenía algo hermoso para él. De su portafolio, sacó un hermoso cuadro de Cristo y se lo obsequió. Cuando el predicador se retiró, el joven colgó el cuadro de Jesús en medio de los cuadros obscenos e inmediatamente se dio cuenta de que no podían estar juntos. Así que pronto se deshizo de esos cuadros y dejó el de Cristo nada más. Contemplar a Jesús en ese cuadro todos los días lo hizo cambiar a tal grado, que aceptó a Cristo y fue limpio de todos sus pecados.

Vayamos hoy a Cristo en oración suplicante para alcanzar misericordia y ser llenos de la presencia de Jesús que puede limpiarnos.


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