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Cristo, el cordero de Dios

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«Al siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: "¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!"» (Juan 1: 29).

EL MIÉRCOLES DE LA SEMANA DE LA PASIÓN, los Evangelios no registran ningún acto público de nuestro Señor Jesucristo, porque pasó el día en pleno retiro espiritual en Betania, en casa de sus amigos. Faltaban dos días para ser crucificado, y la angustia era intensa por el peso del pecado del mundo. Las ofrendas por el pecado lo señalaban a él como la única ofrenda necesaria para el perdón.

La Pascua fue establecida como símbolo de liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. El cordero era la figura principal para la remisión de los pecados y, en esta ocasión, el cordero pascual sería Cristo, para liberarnos de la condenación del pecado y de la muerte eterna. Casi dos mil años ante de la llegada de Jesús, Abraham vio al Señor Jesucristo como el Cordero de Dios cuando le dijo a su hijo Isaac que Dios proveería el cordero para el holocausto (Génesis 22: 7).

Abraham anticipó el día en que vendría Jesús. Comprendió que el Hijo de Dios vendría algún día y moriría como el Cordero de Dios por los pecados de todo el mundo. Jesús dijo: «Abraham, vuestro padre, se gozó de que había de ver mi día; y lo vio y se gozó» (Juan 8: 56). El patriarca comprendió que el cordero que él ofrecía era solo un símbolo del Señor Jesús, el Cordero de Dios, quien vendría un día para morir en la cruz.

¿Cómo eran salvas estas personas antes que viniera Cristo? Fueron salvas por fe en su sangre, al igual que nosotros. Pero hay una diferencia. Fueron salvas por la fe que miraba hacia la futura muerte de Cristo en la cruz, y nosotros somos salvos por la fe que mira hacia el pasado, cuando Cristo murió en la cruz.

Isaías describió la muerte de Cristo como el sustituto del pecador. Cientos de años antes de que Cristo naciera, el Espíritu Santo reveló a Isaías que Cristo sería varón de dolores, experimentado en quebrantos. Isaías comprendió que él sufriría y moriría, y el Espíritu Santo le hizo entender la razón de los sufrimientos de Cristo: nuestros pecados. En este nuevo día pongamos nuestra fe en la sangre de Cristo, el Cordero de Dios que nos limpia de todo pecado.


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