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Seguridad de perdón en Cristo

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«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23: 34).

ESTO ES LO QUE EL HOMBRE moderno necesita escuchar hoy. Dios es el único que tiene el poder y la facultad de perdonar los pecados del hombre por medio de su Hijo, Jesucristo. El centro de este mensaje es que nuestro Señor Jesucristo perdonó a sus enemigos, como un ejemplo para que nosotros digamos a los que nos han ofendido e injuriado: «“Te amo por causa de Cristo, y te perdono la injuria que me has hecho”. Jesús será testigo de este acto de amor, y lo aprobará; y como hacéis a los demás, os será hecho a vosotros también» (E. G. White, Hijos e hijas de Dios, pág. 155). Cuán dulce es ser perdonado, pero nosotros debemos también perdonar a nuestros ofensores. Nuestra capacidad de perdonar está estrechamente ligada a nuestra relación con Dios.

En el 2012, en el estado de Florida, Estados Unidos, un joven disparó a su compañera de estudios en el autobús que los transportaba a la escuela. La joven murió en el momento y el joven fue condenado a prisión. Cuando la madre estaba frente al asesino en el tribunal, y después de haber escuchado el veredicto del juez, exclamó: «Por fin se hizo justicia». Con lágrimas en los ojos caminó hacia el asesino de su hija, puso sus brazos alrededor de él y lo abrazó con fuerzas, diciendo: «Te perdono, no me debes nada, ahora tengo paz en mi corazón». Esta es una acción de perdón que cuesta mucho llevar a la práctica. Solamente se logra cuando Cristo vive en nuestro corazón.

Pedro consultó a Jesús cuántas veces es necesario perdonar a nuestros hermanos; los rabinos limitaban a tres las ofensas perdonables. Pedro, creyendo cumplir la enseñanza de Cristo, pensó extenderlas a siete, el número que significa la perfección. Pero Cristo enseñó que nunca debemos cansarnos de perdonar «El que rehúsa perdonar, está desechando por este hecho su propia esperanza de perdón» (White, Palabras de vida del gran Maestro, pág. 192).

Si un enfermo acude al médico y le receta buenos medicamentos, el médico hizo su parte, y después corresponde al enfermo hacer la suya. Cristo, para perdonar al hombre, ya hizo su parte, y Dios el Padre hizo la suya. Falta la parte del hombre: aceptar el perdón y humillarse ante Dios.

Hoy, tenemos el privilegio de acercarnos a Dios con corazón contrito y recibir el perdón por nuestros pecados. Únicamente el perdón divino hará reposar nuestra alma y traerá paz y seguridad de salvación a nuestra vida.


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