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Resurrección: salvación garantizada

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«Ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que murieron es hecho» (1 Corintios 15: 20).

JESUCRISTO es nuestro eterno Salvador. Su tumba está vacía. Fue muerto pero volvió a la vida. Fue sepultado pero salió de la tumba. El ángel le dijo a las mujeres: «No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor» (Mateo 28: 6). Entre todos los grandes fundadores de religiones en este mundo, Jesús es el único cuya tumba permanece vacía. Únicamente el cristianismo puede hablar de la tumba vacía de su fundador. Hay ejemplos de grandes hombres que murieron pero no volvieron a levantarse.

Entre ellos está Abraham, que murió casi 2000 años antes que Cristo. Su tumba, una de las más cuidadosamente conservadas desde hace casi 4000 años, se haya en la cueva de Macpela en Hebrón, en la parte sur de Palestina. En la actualidad hay sobre ella una mezquita mahometana. Muchos creen que ese lugar es la tumba genuina del gran patriarca y amigo de Dios. Pero nadie ha sostenido jamás que Abraham haya resucitado. Otro fue Buda, que murió y, de acuerdo a los escritos primitivos del budismo, no hay evidencias de que haya vuelto a la vida, ni nadie asevera que haya ocurrido. También Mahoma falleció en Medina, Arabia, el 8 de junio del año 632 d. C. a la edad de sesenta y un años y, hasta hoy, miles de sus devotos visitan su tumba todos los años. Sin embargo, Cristo se levantó y dejó la tumba para darnos esperanza. Los soldados, las mujeres y los discípulos son testigos de su resurrección.

La tumba no es un callejón sin salida, es una avenida por la que se va a la verdadera vida. Concluye en ella el crepúsculo de nuestra vida mortal y rompe el día de la venidera, sin que el creyente tenga conciencia del tiempo transcurrido en el sepulcro. Comienza un gran día nuevo, una nueva tarea y una nueva canción.

Si Cristo resucitó y ascendió al cielo, nosotros también tenemos la esperanza de resucitar con Cristo y vivir con él para siempre. Oremos esta mañana para que la resurrección de nuestro Señor sea una garantía de vida eterna para cada uno de nosotros.


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