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Primer paso: reconocer

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«Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros» (1 Juan 1: 8).

RECONOCER que estamos equivocados no es nuestra primera actitud. Una cosa es saber que somos pecadores; otra distinta es reconocer que lo somos. El reconocimiento es el primer paso hacia el perdón, porque lleva al arrepentimiento, la confesión y la humillación contrita. Cuando reconocemos nuestro pecado ante Dios, también sabemos que él puede perdonarnos y transformarnos.

En el Evangelio de Lucas, se narra la parábola del publicano y el fariseo, quienes fueron al templo a orar a Dios. Aunque ambos hombres se consideraban justos, el primero, no podía siquiera alzar los ojos hacia el cielo; pero el segundo, daba las gracias porque no era ladrón ni injusto como los demás hombres. La Palabra dice que el publicano regresó a su casa justificado, a diferencia del fariseo que demostró que su corazón estaba cerrado a la influencia del Espíritu Santo, y como no había reconocido la condición en que se encontraba y no sintió necesidad de perdón, no recibió nada (Lucas 18: 9- 14). Esto nos enseña que únicamente en Dios podemos escapar del autoengaño.

En un lugar apartado de la ciudad, un joven enfermó y comenzó a bajar de peso. Su padre notó que estaba muy pálido y le recomendó que fuera al médico. El joven le contestó a su padre que no estaba enfermo y que, por lo tanto, no necesitaba ir al médico. Después de dos meses, había bajado unos quince kilos. Por fin, el padre fue a una ciudad cercana en busca de un médico conocido de la familia para que fuera hasta su casa. Para sorpresa de la familia, el médico diagnosticó cáncer en la sangre. Lo llevaron de emergencia a un hospital, pero ya no pudieron hacer nada por él: la enfermedad había avanzado y al poco tiempo, murió.

Así sucede con todos los que no reconocen que están enfermos del pecado y que necesitan al Médico divino. Ahora es tiempo de reconocer y entregar nuestro corazón al Señor antes que la enfermedad del pecado avance y sea demasiado tarde. Oremos para que Dios nos haga sensibles a la voz del Espíritu Santo en este día.


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