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El gozo del perdón

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«Mi pecado te declaré y no encubrí mi iniquidad. Dije: “Confesaré mis rebeliones a Jehová”, y tú perdonaste la maldad de mi pecado» (Salmos 32: 5).

EL REY DAVID expresa un gran gozo por el perdón que Dios ofrece a nuestra vida (Salmos 32: 11). Esta es la reacción de un pecador cuando ha sido perdonado por Dios y su corazón se llena de gozo. El perdón de Dios se recibe sin merecerse pues él tiene misericordia de nosotros. No solamente hay gozo en el corazón de la persona perdonada, sino aun el cielo reboza de alegría. En las tres parábolas de Lucas 15 (la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo), existe alegría cuando el pecador ha recibido el perdón: «Hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente» (Lucas 15: 10).

La palabra «bienaventurado» en el Salmo 32, significa felicidad, alegría, dicha, gozo. Ninguna otra cosa en la vida debiera proporcionar más dicha al hombre como saber que su pecado ha sido limpiado. En una provincia de cierto país, vivía una familia muy conocida en la comunidad por su amistad y su buen testimonio. Había dos hijos varones en la familia y, un día, salieron los dos al campo a trabajar. Por alguna razón, uno de ellos se enojó contra el otro, y lo golpeó hasta matarlo. El asesino fue llevado a la cárcel. Después de un tiempo, la comunidad intervino para que lo dejaran en libertad, ya que la familia era de buen testimonio. Así que un grupo de vecinos fue ante el gobernador. El gobernante les prometió que él personalmente iría a la cárcel para llevar el indulto.

Un día, el gobernador llegó a la cárcel vestido de sacerdote para no ser reconocido por la gente. Pidió hablar con el prisionero. El guardia lo condujo hasta la celda. Cuando el prisionero vio que era un sacerdote, volteó la cara hacia la pared, gritando:

—¡No quiero ver a un sacerdote, lo que quiero es que el gobernador me saque de aquí!

 El visitante se retiró y, cuando el prisionero supo que fue el gobernador el que lo había ido a ver para llevar el indulto, dijo:

—Si muero mañana, no digan que muero por haber matado a mi hermano, sino por haber rechazado el perdón que me trajeron.

Hoy, podemos orar: «Te alabo, Señor, porque tuviste misericordia de mí, y has pasado por alto toda mi maldad».


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