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El poder de la cruz para transformar

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«La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios» (1 Corintios 1: 18).

LA CRUZ, pensada como instrumento de tortura para criminales, se convirtió en un instrumento de salvación. No es que la cruz tenga poder en sí misma, sino que fue sobre ella que Cristo dio su vida para salvarnos. La cruz trazó una línea entre la vida y la muerte, entre el reino de Cristo y el reino de Satanás. La cruz recuerda la grandeza de Cristo porque no rehusó morir en ella.

 Cuando Cristo se dirigía al Calvario, Simón de Cirene fue obligado a llevar la cruz. Mientras lo hacía, meditaba en Cristo y sus sufrimientos. El Evangelio de Lucas afirma que le seguía una gran multitud y muchas mujeres que lloraban por él (Lucas 23: 27). Simón fue testigo de la crucifixión de Cristo y de la multitud que lo seguía. Toda esta experiencia lo hizo cambiar, y el poder de la cruz lo transformó en un buen cristiano; la aceptó como medio de salvación.

En el tiempo de la Reforma protestante, hubo un mártir cristiano llamado Juan Huss, que fue llevado a la hoguera por causa de su fe. Cuando lo estaban atando para quemarlo, le preguntaron si se retractaba de seguir a Cristo. Con fe firme, contestó:

—Si he de morir por Cristo mi Señor, que así sea.

Cuando las llamas lo envolvían, elevó una oración, diciendo: «Señor misericordioso, creo en tu muerte en la cruz del Calvario, y por tu sangre derramada en esa cruz seré salvo por tu gracia».

 Cuando Cristo pendía de la cruz, a la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora novena. Durante esas tres horas de oscuridad, el centurión romano que custodiaba la cruz escuchó la voz de Jesús, que decía: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23: 46). Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Marcos 15: 39).

El centurión romano fue transformado por el poder de la cruz. Aceptó a Cristo como Salvador del mundo y entregó su vida en las manos de Dios. Hoy, entonemos las palabras del himno 267 del Himnario adventista: «A la cruz de Cristo voy, débil, pobre y ciego soy. Mis riquezas nada son, necesito salvación». Que esta gran verdad sea una realidad en nuestras vidas.


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