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Humillación y restauración

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«Escupió en tierra, hizo lodo con la saliva y untó con el lodo los ojos del ciego» (Juan 9: 6).

CUANDO HUMILLAMOS nuestro corazón, Cristo nos restaura completamente. La saliva y el lodo representan la impotencia humana ante la enfermedad, pero cuando estos elementos son tocados por las manos de Jesús, lo que es imposible para los hombres, es posible para él. No hay ningún mérito en nosotros, todo depende de Dios. Si humillamos profundamente nuestro corazón, sin jactancia ni altivez, encontraremos salud espiritual y el perdón de los pecados.

Hay otros relatos en que Jesús usó saliva para curar a una persona. Marcos 7: 31- 37 declara que Jesús curó a un sordo y tartamudo al tocar con saliva. Su lengua para que hablara. Otro episodio está registrado en Marcos 8: 22- 26, donde se menciona que Jesús curó a un ciego escupiendo sobre sus ojos. En el primer caso, lo retiró de la gente para escupir y tocar su lengua. En el segundo caso, lo tomó de la mano y lo sacó fuera de la aldea, escupió en sus ojos y lo tocó con sus manos para sanarlo. Cuando Jesús nos toca, nos restaura por su gracia.

Podemos lisonjearnos como Nicodemo de que nuestra vida ha sido muy buena, de que nuestro carácter es perfecto, y pensar que no necesitamos humillar nuestro corazón delante de Dios como el pecador común, pero cuando la luz de Cristo resplandece en nuestras almas, vemos cuán impuros somos; discernimos el egoísmo de nuestros motivos y la enemistad contra Dios que han manchado todos los actos de nuestra vida. Entonces conocemos que nuestra propia justicia es en verdad como andrajos inmundos y que solamente la sangre de Cristo puede limpiarnos de las manchas del pecado y renovar nuestro corazón a su semejanza (E. G. White, Conflicto y valor; pág. 292).

 

El ciego de nacimiento aceptó todo lo que Jesús hizo por él, sin importar que hiciera lodo con la saliva. Humilló su vida y encontró salud. Que hoy podamos encontrar en Cristo salud física, mental y espiritual al someternos a su voluntad.


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