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Obediencia y restauración

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«Le dijo: "Ve a lavarte en el estanque de Siloé” que significa "Enviado”. Entonces fue, se lavó y regresó viendo» (Juan 9: 7).

CRISTO JESÚS nos restaura cuando obedecemos y confiamos en él. En el relato que hemos estado analizando, el hombre ciego hizo exactamente lo que Jesús le dijo: fue al estanque a lavarse y siguió las indicaciones correctamente. Aunque no podía ver el camino, buscó ayuda para llegar al estanque, porque su deseo era ser restaurado conforme Jesús le había dicho. Si no hubiera obedecido, jamás habría recibido la vista.

¡Cuán importante es la obediencia a la Palabra de Dios! Hacerle caso a Dios es indispensable para ser salvo y para ser sanado espiritualmente. Adán y Eva recibieron de Dios la indicación de que no comieran del árbol prohibido y no lo tocaran. Al desobedecer la voz de Dios, vino el caos para este mundo:

¿Cómo pueden educar a sus hijos en las cosas de Dios, a menos que sepan primeramente qué está bien y qué está mal, a menos que se den cuenta de que la obediencia significa vida eterna y la desobediencia muerte eterna? Comprender la voluntad de Dios debe ser la tarea de nuestra vida (E. G. White, Alza tus ojos, pág. 222).

La genuina fe siempre lleva a la obediencia, porque es una evidencia de que nuestra confianza en Dios está bien encauzada.

El gran acto de fe de Abraham descuella como un fanal de luz, que ilumina el sendero de los siervos de Dios en las edades subsiguientes. Abraham no buscó excusas para no hacer la voluntad de Dios. Durante aquel viaje de tres días tuvo tiempo suficiente para razonar, y para dudar de Dios si hubiera estado inclinado a hacerlo. Pudo pensar que si mataba a su hijo, se le consideraría asesino, como un segundo Caín, lo cual haría que sus enseñanzas fuesen desechadas y menospreciadas, y de esa manera se destruiría su facultad de beneficiar a sus semejantes. Pudo alegar que la edad le dispensaba de obedecer. Pero el patriarca no recurrió a ninguna de estas excusas. Abraham era humano, y sus pasiones y sus inclinaciones eran como las nuestras, pero no se detuvo a inquirir cómo se cumpliría la promesa si Isaac muriera. No se detuvo a discutir con su dolorido corazón. Sabía que Dios es justo y recto en todos sus requerimientos, y obedeció el mandato al pie de la letra (White, Patriarcas y profetas, pág. 148).

Cualquier indicación que Dios nos dé en su Palabra, sigámosla con amor, fe y obediencia. El restaurará completamente nuestra salud espiritual.


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