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Buscar a Cristo es todo

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«Para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarlo, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros» (Hechos 17: 27).

EN CIERTA OCASIÓN, 36 niños estaban atrapados en un salón de clases en el primer piso de una escuela que estaba en llamas. Algunos habían podido salir pero las escaleras habían sido invadidas por el fuego y el humo. No había otra salida. Treinta y seis caritas de niños asustados estaban pegadas a los vidrios de las ventanas. Los bomberos todavía no habían llegado. El rescate parecía imposible. Mark Spencer vivía a dos cuadras. Cuando vio el fuego, corrió a la escuela. Su misión aquella mañana no era una misión de rutina como la de un policía o de un bombero. Él fue impulsado por otro sentimiento. Al llegar al lugar, les gritó a los niños que rompieran los vidrios de las ventanas. Los pedazos de vidrio cayeron al suelo.

Mark era un hombre alto, musculoso y fuerte. Todos podían ver el brillo de confianza en sus ojos, la seguridad de sus brazos y el amor en su voz cuando, a gritos, dijo a los niños:

─¡Salten, yo los atraparé!

Uno a uno, aquellos niñitos comenzaron a saltar. Los poderosos brazos de Mark los recibían y depositaban en el suelo. Finalmente, todos estaban a salvo, menos uno. El pequeño Mike no podía hacer más que mirar hacia abajo y dar un paso atrás, con miedo. Mark le gritó, le suplicó, le pidió y le ordenó:

 ─Salta, nada te va a suceder, yo te voy a recibir...

 Además, los 35 compañeros le gritaban: «¡Salta, Mike, Salta! nosotros pudimos saltar, tú también vas a poder». El chico se quedó allí, helado de miedo. Cuando el fuego se aplacó, encontraron el cuerpecito carbonizado de Mike, hijo de Mark Spencer. En el momento en que la vida del pequeño estaba entre la vida y la muerte, Mark su padre estaba allí con los brazos abiertos, suplicando, implorando, llorando por salvar a su hijo. Pero él no quiso confiar en los brazos de su padre.

Jesús está aquí para salvarnos y guiarnos. Si se lo permitimos, él nos salvará de la tragedia de este mundo. Oremos buscando a Cristo insistentemente y abramos nuestro corazón a él.


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