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Un grito de angustia y un canto de alabanza

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«Yo soy gusano y no hombre, oprobio de los hombres y despreciado del pueblo. Todos los que me ven se burlan de mi tuercen la boca y menean la cabeza, diciendo: "Se encomendó a Jehová, líbrelo él; sálvelo, puesto que en él se complacía”» (Salmos 22: 6- 8).

EL SALMISTA DAVID describe su situación de desamparo y debilidad en estos versículos, y al mismo tiempo describe el sufrimiento de Cristo por la humanidad de manera tipológica. Abrieron su boca contra él como león rugiente y rapaz. Sus huesos se descoyuntaron, su corazón fue como cera que se derrite dentro de sus entrañas. Su vigor se secó como un tiesto y su lengua se pegó a su paladar. Fue puesto en el polvo de la muerte. Perros lo rodearon, como cuadrillas de malignos, horadaron sus manos y sus pies. Repartieron entre sí sus vestidos, y sobre su ropa echaron suertes.

Cualquier lector imparcial de este poema mesiánico llegará a la conclusión inevitable de que encuentra su cumplimiento histórico en la crucifixión de Cristo. La muerte de Jesucristo fue el sacrificio perfecto por nuestros pecados. Él murió para que nosotros fuéramos perdonados. Este incomparable poema mesiánico también declara que el siervo que sufrió, murió en triunfo, sabiendo que su sufrimiento produjo el sacrificio perfecto por los pecadores. Él cuenta cómo su oración fue escuchada y afirma que alabará a Dios ante los hermanos en la gran congregación.

Hay un cambio en el avance firme del poema de la desesperación en sufrimiento, a la confianza nueva en Dios. Los versículos 22 al 31 concluyen con los resultados que nacen de la resurrección, y el salmo termina con el mensaje de gracia y esperanza en anticipación de la proclamación y las buenas nuevas. El salmista llega a esta conclusión: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré. Los que teméis a Jehová, ¡alabadlo! ¡Glorificadlo, descendencia toda de Jacob! ¡Temedlo vosotros, descendencia toda de Israel!» (Salmos 22: 22, 23).

El mensaje es para todos los confines de la tierra. Cristo sufrió en la cruz para que cada uno de nosotros tengamos esperanza de ser salvos. Después de la cruz, la victoria está ganada y él es digno de honra y gloria por siempre. Sí, hubo un grito de angustia en el Calvario, pero hay un canto de alabanza, porque nuestra salvación está asegurada. Alabemos a Cristo todos los días porque nos incluyó en su plan de salvación.


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