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Bartimeo busca a Jesús (1ra. parte)

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«Al oír que era Jesús nazareno, comenzó a gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!» (Marcos 10: 47).

JESÚS PASABA POR JERICO. Allí se produjo la curación de Bartimeo, hijo de Timeo que, según algunos comentaristas, su padre también era ciego. La Biblia menciona que Jesús llegó a Jericó y que luego salieron de la ciudad. Al salir, lo seguía una gran multitud. Junto al camino estaba el ciego Bartimeo pidiendo limosnas, porque tenía dos problemas en su vida: estaba ciego y era muy pobre. Ya había escuchado de los mensajes de Jesús, de sus milagros y de su amor por las personas que le pedían ayuda.

Así que comenzó a gritar: «Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí». Es la verdadera oración de un necesitado que clama desde su oscuridad en busca de ayuda. Muchos lo reprendían para que se callara pero él gritaba mucho más fuerte: «Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí». El clamor de nuestra oración llega hasta Jesús y él nos escucha. No hay oración que él no pueda escuchar.

Había un grupo de personas que andaban con Jesús, egoístas que no querían que otros se beneficiaran con su presencia, y por eso pedían al ciego que se callara y no molestara al Maestro. Hoy, muchas veces encontramos esa clase de personas en la iglesia. En lugar de animar, desalientan. Colocan barreras a los más débiles en la fe, y estos dejan de seguir al Maestro; pero esa barrera no le importó a Bartimeo. No les hizo caso, sino que gritó más fuerte pidiendo auxilio a Cristo. Se había propuesto una meta: encontrarse con él a costa de todo.

Robert Fulton fue el primer constructor de un barco a vapor en 1807. Cuentan que cuando el Clermont fue botado al mar, muchos espectadores se aglomeraron en la orilla. Tras varios intentos de los marineros, sin éxito, muchos de aquellos observadores comenzaron a decir: «Nunca navegará, nunca navegará». Pero luego de varias horas de trabajo, el barco comenzó a navegar en medio de una extensa nube de vapor. Atónitas, las mismas personas comenzaron a decir: «No podrá detenerse, no podrá detenerse». Todos los que se han trazado un propósito elevado también han tenido que enfrentar muchas dificultades en su camino.

A pesar de las barreras que Bartimeo encontró en su búsqueda de Jesús, pudo verlo, conocerlo y amarlo como su Salvador personal. Hoy, tenemos ese mismo privilegio.


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