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El centurión bondadoso

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«Él es quien perdona todas tus maldades, el que sana todas tus dolencias, el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias» (Salmos 103: 3, 4).

EN EL MUNDO ACTUAL, donde predominan el egoísmo, la codicia y la opresión, muchos de los verdaderos hijos de Dios encuentran aflicción. Muchos viven en lugares humildes y miserables, rodeados por la pobreza, la enfermedad y la culpabilidad. Otros soportan pacientemente su propia carga de dolor y tratan de consolar a los desesperados y pecadores que los rodean. «El poder de Satanás sobre la familia humana aumenta. Si el Señor no viniese pronto a quebrantar su poder, la tierra quedaría despoblada antes de mucho» (E. G. White, Consejos sobre la Salud, pág. 18).

¿Qué es la bondad? Es la inclinación a hacer el bien, es la excelencia moral de una persona. La bondad es una virtud que Dios implanta en el corazón del que lo busca. Es la cualidad de ser bueno, apacibilidad de genio. Algunas cualidades similares a la bondad son: misericordia, benevolencia, benignidad, humanidad, clemencia, filantropía, mansedumbre y dulzura.

 Cristo es el que nos corona de favores, misericordia y bondad. Esta última es el mejor remedio para prevenir el estrés, la tensión, el nerviosismo, los dolores y las enfermedades. Es algo que pueden ver los ciegos y escuchar los sordos. La Biblia ilustra la bondad con un hombre muy peculiar. Se trata del centurión romano, cuyo siervo estaba enfermo y a punto de morir. El centurión era el jefe de un ejército de soldados que servían a Herodes Antipas, tetrarca de Galilea. Había una estrecha relación entre el esclavo y el amo; algo fuera de común. El siervo estaba paralítico de una fuerte fiebre reumática que le causaba muchos dolores y lo atormentaba.

El centurión era muy bondadoso, ya que en esa época, muchos esclavos eran tratados con crueldad y cuando estaban enfermos, sus amos los dejaban morir y se conseguían a otro esclavo más joven y fuerte. Esta historia nos revela la belleza de la bondad, una virtud que traspasa las barreras culturales y las fronteras de las clases sociales. Pidamos hoy a Dios que implante en nuestro corazón la bondad de Cristo Jesús, y como el centurión, ayudemos a las personas más vulnerables y necesitadas.


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