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La espiritualidad de los padres

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«Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten» (Colosenses 3: 21).

LOS PADRES CREAMOS la atmósfera espiritual de nuestro hogar mediante nuestra propia religiosidad y la manera en que la compartimos con nuestros hijos. Los niños necesitan ver los resultados de la religión en nuestras vidas. Debemos ser francos para hablar acerca de nuestra fe y compartirla con ellos. Si conservamos nuestra religión como un secreto, ellos no tendrán un modelo de cómo la gracia de Cristo impacta realmente en una persona. Comparte lo que Dios está haciendo en tu vida, ora por tus amigos, ora por cada miembro de tu familia, ora pidiendo que el Espíritu Santo sea una parte importante en tu vida diaria.

Dichosos los padres cuya vida es un reflejo fiel de la vida divina, de modo que las promesas y los mandamientos de Dios despierten en los hijos gratitud y reverencia […] dichosos los padres que al enseñar a sus hijos a amarlos, a confiar en ellos y a obedecerles, les enseñen a amar a su Padre celestial, a confiar en él y a obedecerle. Los padres que hacen a sus hijos semejante dádiva los enriquecen con un tesoro más precioso que los tesoros de todas las edades, un tesoro tan duradero como la eternidad (E. G. White, El ministerio de curación, pág. 291).

Lo urgente es reevaluar nuestras prioridades. Nuestras cargas pueden oscurecer nuestra visión de Dios. Si aligeramos el paso y volvemos a nuestras raíces, mostraremos ante nuestros hijos los valores eternos. Dios honrará nuestra felicidad y perseverancia.

Por lo general, el modelo que siguen los hijos es el de los padres. Si ese modelo está fundamentado en Dios, y Cristo es nuestro ejemplo a seguir, nuestros hijos también reflejarán esas prioridades. Es grande la tarea de grabar sobre un alma humana la imagen divina a través de nuestro propio ejemplo.

Si la espiritualidad de los padres es casi nula y su cristianismo únicamente es aparente y superficial, los hijos tomarán otro rumbo. Nuestros hijos pueden tolerar nuestros errores y nuestras falencias, pero lo que rechazan con todas sus energías es la hipocresía, la dicotomía entre lo que enseñamos y lo que realmente vivimos. Al vivir una doble vida, los alejamos de Dios y modelamos una espiritualidad enfermiza. Por otro lado, si colocamos a Dios en primer lugar en nuestra vida y nuestro hogar, él dará lo que falta y nuestros hijos se sentirán inspirados a seguirlo.

Oremos para que Dios nos capacite y nos convierta en verdaderos padres cristianos.


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