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Elías modernos

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«Yo os envío al profeta Elías antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y castigue la tierra con maldición» (Malaquías 4: 5, 6).

ENTRE LAS MONTAÑAS DE GALAAD, al oriente del Jordán, moraba en los días de Acab un hombre de fe y oración, cuyo ministerio intrépido estaba destinado a detener la rápida extensión de la apostasía en Israel. Alejado de toda ciudad de renombre y sin ocupar un puesto elevado, Elías el tisbita inició su misión, confiando en el propósito que Dios tenía para su vida. Su ministerio estaba consagrado a la obra de reforma. La suya era la voz de quien clama en el desierto para rechazar la marea del mal. Aunque se presentó al pueblo para reprender el pecado, su mensaje ofrecía consuelo a las almas enfermas de pecado que deseaban ser sanadas.

En el tiempo de Acab y Jezabel, tres cosas habían sucedido en las familias de Israel: el padre había perdido el control del hogar, el altar de Dios había sido derribado y el pueblo no tenía pastores que los guiaran, porque los profetas habían sido muertos y perseguidos por Jezabel. La apostasía reinaba en el pueblo de Dios. La adoración a Baal había sustituido el culto al verdadero Dios. Hoy, como en los tiempos de Elías, la línea de demarcación entre el pueblo que guarda los mandamientos de Dios y los adoradores de los falsos dioses está claramente trazada. Elías clamó: «¿Hasta cuándo van a seguir indecisos? Si el Dios verdadero es el Señor, deben seguirlo; pero si es Baal, síganlo a él» (1 Reyes 18: 21, Nueva Versión Internacional). El mensaje destinado a nuestra época es: «¡Ha caído, ha caído la gran Babilonia! [...] Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados ni recibáis parte de sus plagas!» (Apocalipsis 18: 2, 4). Esta es la proclamación de los Elías modernos: un llamado solemne a la familias para consagrarse a Dios y abandonar el camino del mal. Respondamos a su llamado y preparemos a nuestros hijos para el gran acontecimiento que está por venir: La Segunda Venida de Cristo.


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