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Transformados por el Espíritu Santo (2a. parte)

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«Cuando terminaron de orar, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban con valentía la palabra de Dios» (Hechos 4: 31).

EL ESPÍRITU SANTO es el sello puesto en nuestro corazón, que asegura que somos posesión de Dios. Como una marca indeleble, el Espíritu señala que nuestro corazón le pertenece a Dios.

Por lo tanto, la vida cristiana no es una mejora de nuestra conducta, ni un cambio de hábitos, sino una transformación sobrenatural de todo nuestro ser. El ser humano puede mejorar su vida con buena educación y una excelente formación cultural. Sin embargo, eso no es suficiente. El egoísmo no puede erradicarse del corazón con una buena dosis de fuerza de voluntad o una serie de reglas éticas. El Espíritu Santo produce el milagro de la conversión cuando el alma penitente se declara en bancarrota y siente una gran necesidad de Dios. Únicamente entonces ocurre un verdadero milagro.

¿Cómo explicar semejante transformación? ¿Cómo explicar la obra del Espíritu Santo? Cierta vez, Jesús dijo a Nicodemo: «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que nace del Espíritu» (Juan 3: 8). La obra del Espíritu Santo es especial y misteriosa a la vez, pero es efectiva y trabaja en aquel que se lo permite. Tiene como fin capacitarlo para tomar las decisiones correctas en el lugar y el momento adecuados. El Espíritu Santo se convierte en el amigo ayudador, en el consolador que nos acompaña en los momentos difíciles de la vida. Él es nuestro consejero y abogado las 24 horas del día. No duerme ni descansa, obrando a nuestro favor.

El Espíritu Santo es fuego transformador que consume toda impureza. Es el aceite que sensibiliza los oídos para percibir la voz de Dios y mantener plena comunicación con el cielo. Hoy, oremos pidiendo el descenso del Espíritu Santo en nuestro corazón.


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