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Experimentar el poder del Espíritu Santo

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«Los cuales, habiendo llegado, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo [...]. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo» (Hechos 8: 15, 17).

FELIPE, lleno del Espíritu Santo, descendió a Samaria y predicó de Cristo. Los Samaritanos escuchaban muy atentos (véase Hechos 8: 12). Felipe, con el poder del Espíritu Santo, hacía grandes Señales. Los que tenían espíritus inmundos sanaban, al igual que los paralíticos, y los cojos eran levantados. Por eso había gran gozo y alegría en la ciudad de Samaria.

Pero había un hombre llamado Simón que ejercía la magia, ya quien los pobladores escuchaban atentamente porque tenía autoridad sobre ellos. Los habitantes decían que el poder que Simón tenía era de Dios (Hechos 8: 10). Los había engañado por mucho tiempo. No obstante, Felipe predicaba la Palabra con el poder de Dios y muchos creyeron en Jesús. Así sucedió que también el mago Simón creyó, abandonó la magia y se bautizó. Al acompañar a Felipe, fue testigo de los milagros y las señales que Dios hacía por medio de él.

Cuando Pedro y Juan llegaron a Samaria para fortalecer la fe de los creyentes, les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo. Simón no recibió el Espíritu y quiso comprarlo por dinero, mas el Espíritu Santo solamente se recibe por gracia y a quien Dios quiere darlo. Pedro le dijo a Simón que su corazón no era recto, que tenía que arrepentirse de sus malos pensamientos para que Dios lo perdonara. Simón, aunque recién bautizado, tenía que arrepentirse. Debía confesar todo a Dios y vaciar su corazón de toda impureza que lo alejara la presencia del Espíritu. Desafortunadamente, no tuvo el privilegio de recibir el Espíritu Santo, como los otros conversos.

Estamos viviendo en la dispensación del Espíritu Santo. Incluso más, vivimos en el tiempo del fin, en el que se ha prometido una provisión extra del Espíritu. Por lo tanto, es tiempo de ir a Dios con sincero arrepentimiento y corazón humilde y sumiso, para recibirlo sin medida. Esa provisión es tan abundante como desafiante: nuestra misión de predicar el último llamado a adorar a Dios y volverse a él en la historia de este mundo. Es tiempo de iniciar el reavivamiento y la reforma para que el Espíritu pueda ser derramado en la lluvia tardía. ¿Por qué no empezar con nuestras propias vidas?


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