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La pasión del hombre

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«Cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna» (Mateo 19: 29).

MENCIONÉ que la pasión es fuerza, ganas y deseo ferviente. La pasión es necesaria porque es la energía que mueve la fe para dirigirse hacia la meta de cumplir las promesas de Dios en nuestras vidas. Además, hay pasiones negativas y positivas que debemos aprender a identificar. En este caso me refiero a la pasión positiva, a los sentimientos profundos por amor a Dios, porque él nos amó primero.

Elías fue un hombre apasionado por su Dios. Anhelaba de corazón que el pueblo de Israel se volviera a él. Deseaba que se convirtieran y derribaran los altares a los dioses falsos, y se volvieran a la adoración del Dios verdadero. Tenía el deseo ferviente de que el pueblo creyera. En el contexto de la adoración al Dios verdadero, oró para que no lloviera y demostrar así que era profeta del Señor Dios lo escuchó, y cerró las ventanas de los cielos hasta que el profeta considerara que el pueblo estaba listo para recibir bendición.

La pasión de Elías lo llevó a desafiar a los 850 profetas de Baal, al decirles que solamente el verdadero Dios respondería con fuego para el sacrificio que habían preparado. Luego, se dirigió nuevamente al Señor. Estaba seguro de que, al ser testigos de sus maravillas, el pueblo creería nuevamente, se arrepentiría y se volvería a él.

Durante la reforma del siglo XVI, surgió un joven muy promisorio para Dios y la sociedad. Era Zuinglio, quien tenía dones especiales. A los trece años ya era un gran orador, escritor y un genio para la música y la poesía. Estudio en el monasterio de Berna, Suiza, llegó a ser presbítero y doctor en teología. Sin embargo, Dios tenía una misión para él: consolidar la Reforma. Zuinglio, al ver que había mucha perversión en el colegio y que no era lo que él pensaba, escapó de allí y se fue a Alemania para convertirse en un ministro del evangelio. Su misión fue impulsar la Reforma y la predicación. El pueblo que escuchaba a Zuinglio, reaccionó así: «¡Este, decían, es un predicador de verdad! Él será nuestro Moisés, para sacarnos de las tinieblas de Egipto» (E. G. White, El Conflicto de los Siglos, pág. 162).

Hoy, oremos para que nuestra pasión por Dios dure para siempre, y que sea reconocida por todos.


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