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Promesas de Dios para una generación poderosa

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«Su descendencia será poderosa en la tierra; la generación de los rectos será bendita» (Salmos 112: 2, 3).

LAS PROMESAS DE DIOS para una generación poderosa están fundadas en el temor a Dios y su deleite en guardar sus mandamientos, porque eso es el todo del hombre. La generación que ha escuchado la voz de Dios y ha obedecido, es la generación bienaventurada, porque Dios la convierte en poderosa. Su corazón está firme, confiando en Dios y su justicia permanece para siempre.

Corresponde a esta generación bienaventurada mantener la integridad, la pureza, la bondad y la honestidad, virtudes que están casi al borde de la extinción en esta época. La Palabra de Dios aconseja:

Mañana, cuando te pregunte tu hijo: «¿Qué significan los testimonios, estatutos y decretos que Jehová nuestro Dios os mandó?», dirás a tu hijo: «Nosotros éramos siervos del faraón en Egipto, y Jehová nos sacó de Egipto con mano poderosa [...]. Jehová nos mandó que cumplamos todos estos estatutos, y que temamos a Jehová, nuestro Dios, para que nos vaya bien todos los días y para que nos conserve la vida, como hasta hoy» (Deuteronomio 6: 20 - 24).

Max Jukes, quien no creía en el cristianismo, se casó con una joven tan anticristiana como él. Un minucioso estudio de sus 1026 descendientes, arrojó que 300 de ellos murieron muy jóvenes, 100 terminaron en alguna prisión por diversos delitos, 109 se entregaron a la sensualidad y 102 cayeron en el alcoholismo. Toda la familia le costó a Estados Unidos 1 100 000 dólares.

Sin embargo, Jonathan Edwards era un buen cristiano, consagrado a Dios. Cuando llegó el momento de elegir a la compañera de su vida, buscó a una joven igualmente cristiana. De su unión matrimonial hubo 729 descendientes hasta el día en que se hizo este estudio. De ellos, 300 fueron predicadores del evangelio, 65 fueron maestros de escuelas públicas, 13 fueron rectores de universidades, 6 llegaron a ser escritores de importantes libros, 3 fueron parlamentarios, y 1 fue vicepresidente de la república. Esa descendencia familiar no le costó ni un solo dólar al gobierno norteamericano. Más bien, fueron de gran beneficio a su nación y al mundo.

¡Qué gran diferencia entre el que teme a Dios y el que no le teme, entre el que ama y obedece a su Hacedor y el que se rebela contra él! Oremos para que esta generación bienaventurada sea capaz de mostrar una conducta aprobada por el cielo, una generación que viva a la altura de su fe.


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