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Idolatría

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«Los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová y sirvieron a los baales y a Astarot a los dioses de Siria, a los dioses de Sidón, a los dioses de Moab, a los dioses de los hijos de Amón y a los dioses de los filisteos. Abandonaron a Jehová y no lo sirvieron» (Jueces 10: 6).

¿CÓMO ES POSIBLE abandonar a Dios, creador del cielo y la tierra, el que ama desinteresadamente, el que murió por la humanidad, y entregarse a la idolatría? Cuando la mente se ha desviado, cuando el corazón se ha torcido por el pecado, entonces el hombre abandona a Dios. El pueblo de Israel adoró a los dioses de todos sus vecinos para quedar bien con ellos, pero mal con Dios. El pueblo se hizo esclavo de la idolatría. Las consecuencias no se hicieron esperar, la decadencia moral del pueblo fue de inmediato.

Cuando Dios dijo: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éxodo 20: 3), significa que le pertenecemos únicamente a él, y él se reservó ese derecho. Si otros dioses ocupan su lugar como en el caso de Israel, entonces Dios tiene derecho a decir: «Si estás en aflicción y en gran necesidad, que ellos te libren y te ayuden a salir de la aflicción, porque yo hice todo por ti pero me has abandonado».

Por esta razón Dios entregó a Israel en manos de los filisteos para ser oprimidos y probados. El pueblo clamó, con humildad y arrepentimiento: «Hemos pecado; haz con nosotros como bien te parezca. Solo te rogamos que nos libres en este día» (Jueces 10: 15). Junto con el arrepentimiento, vino la acción. Quitaron todos los dioses de en medio de ellos y sirvieron a Dios. Él los escuchó, le pesó en su corazón la aflicción de Israel y los libró una vez más, porque su misericordia es más grande que este mundo.

 Para que haya un verdadero arrepentimiento, es necesario que haya plena convicción de pecado. Únicamente con Dios podemos ser plenamente felices. Como dijo Agustín de Hipona: «Nos hiciste, Señor, para ti, y está intranquilo nuestro corazón hasta que descanse en ti».

Oremos pidiendo que el poder de Dios quite todo vestigio de idolatría de nuestro corazón y que el fuego de su presencia queme todo pecado para ser purificados en sus manos.


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