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Dominados por la idolatría

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«En los montes de Efraín vivía un hombre que se llamaba Micaía el cual dijo a su madre: "Los mil cien siclos de plata que te robaron, por los cuales maldijiste y de los cuales me hablaste, están en mi poder; yo tomé ese dinero”. Entonces la madre dijo: “¡Bendito seas de Jehová, hijo mío!” (Jueces 17: 1, 2).

CUANDO LA IDOLATRÍA domina nuestros pensamientos, tinieblas espirituales moran en nuestra vida. Nuestra conciencia no lograr discernir el camino correcto. Esto le pasó a Micaía en el monte de Efraín, cuando dejó de ir al templo de Jerusalén para hacer su propio templo y tener sus propios dioses.

A su madre se le habían perdido 1 100 siclos de plata. Ella, sin saber quién los había robado, maldijo al ladrón. Sin embargo, al saber que había sido su hijo, lo bendijo. Esa es la actitud cuando la idolatría ha ofuscado el pensamiento y ha minado la vida espiritual. Micaías no solamente había robado, sino que además, junto con su madre, usado ese dinero para crear más ídolos. También consagró a uno de sus hijos para convertirlo en sacerdote del templo pagano. Incluso, convirtió a un forastero levita en sacerdote principal por diez monedas de plata al año. Micaía pensó que, al tener como sacerdote a un descendiente de Levi, Dios lo ayudaría y todo le saldría bien.

Pero no fue así. Llegaron los de la tribu de Dan buscando un lugar donde vivir, y se dieron cuenta que esta familia tenía un templo, ídolos que adoraban, un sacerdote y dinero. Los saquearon, llevándose todo lo que Micaía tenía. En lugar de irle bien como él pensara, le fue muy mal.

Cuando la idolatría invade el pensamiento, y nuestra actitud se concentra en dar prioridad a las cosas menos importantes, significa que adoramos a otros dioses y, por lo tanto, no esperemos que nos vaya bien. Cuando Dios no está en nuestro pensamiento y en nuestro corazón, hacemos cosas inconvenientes. Es peligroso desviarse de la verdad, del camino correcto, de la adoración verdadera, porque caemos en un pozo profundo de confusión y errores que nos pueden costar la vida eterna.

Es hora de desechar toda impureza pagana de nuestra vida y de sacar todo ídolo de nuestro ser para llenar nuestro corazón con la presencia de Jesús y el poder del Espíritu Santo. Si nos concentramos en Jesús, los ídolos no tienen lugar en nuestra vida.


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