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Cristo recibido en gloria

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«¡Alzad, puertas, vuestras cabezas! ¡Alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria! ¿Quién es este Rey de gloria? ¡Es Jehová de los ejércitos! ¡Él es el Rey de gloria!» (Salmos 24: 9, 10).

ESTE CANTO DEL SALMO 24 fue preparado por David cuando trasladó el arca de la presencia de Dios de la casa de Obed Edom a la tienda que le había preparado en Jerusalén, la ciudad de David (2 Samuel 6: 12-23). Fue un evento solemne, de alabanzas, de regocijo, pidiendo que las puertas de Jerusalén se abrieran de par en par ante la presencia del arca que contenía la gloria del Dios altísimo.

Esas mismas palabras se repitieron cuando Cristo el rey de la gloria ascendió al cielo. E. G. White, menciona:

Todo el cielo estaba esperando para dar la bienvenida al Salvador a los atrios celestiales. Mientras ascendía, iba adelante, y la multitud de cautivos libertados en ocasión de su resurrección le seguía. La hueste celestial, con aclamaciones de alabanza y canto celestial, acompañaba al gozoso séquito. Al acercarse a la ciudad de Dios, la escolta de ángeles demanda: «¡Alzad, puertas, vuestras cabezas! ¡Alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria! ¿Quién es este Rey de gloria? ¡Es Jehová de los ejércitos! ¡Él es el Rey de gloria!» (E. G. White, El Deseado de todas las gentes, pág. 826).

Esas puertas que se mantenían cerradas, debían ser abiertas para Cristo:

Entonces los portales de la ciudad de Dios se abren de par en par, y la muchedumbre angélica entra por ellos en medio de una explosión de armonía triunfante. Allí está el trono, y en derredor el arcoíris de la promesa. Allí están los querubines y los serafines [...]. Los hijos de Dios, los representantes de los mundos que nunca cayeron, están congregados [...]. Todos están allí para dar la bienvenida al Redentor. Sienten impaciencia por celebrar su triunfo y glorificar a su Rey (ídem, pág. 828).

Dios es soberano y su dominio es universal. Los habitantes del universo, de toda clase y categoría, reconocen su dominio. Los Seres celestiales claman: «¡Aleluya! Salvación, honra, gloria y poder son del Señor Dios nuestro [...]. Y del trono salió una voz que decía: Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, y los que los teméis, así pequeños como grandes» (Apocalipsis 19: 1, 5).

Pronto llegará el gran día de la coronación de Cristo como nuestro Rey Ya está sentado en el trono, pero espera la fiesta final, donde estarán sus hijos que redimió con su sangre y su gran sacrificio. Yo espero la mañana del gran día sin igual, del cual dicha eterna emana y deleite perennal. Pronto espero unir mi canto al triunfante y celestial, y cambiar mi amargo llanto por el himno angelical.


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