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Levantémonos y edifiquemos

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«Y carta para Asaf guarda del bosque del rey a fin de que me dé madera para enmaderar las puertas de la ciudadela de la casa para el muro de la ciudad y para la casa en que yo estaré. Y me lo concedió el rey, porque la benéfica mano de mi Dios estaba sobre mí» (Nehemías 2: 18).

LA RESOLUCIÓN QUE TUVO EL PUEBLO DE ISRAEL cuando Nehemías les relató cómo Dios lo había guiado hasta Jerusalén, fue testimonio de un hombre de Dios, que creía en el poder del cielo y en la dirección divina.

Nehemías había ayunado, orado y meditado en la voluntad de Dios, y había pedido que Dios se manifestara poderosamente. Luego esperó cuatro meses y durante ese tiempo, le había pedido a Dios que el rey no solamente le permitiera ir hasta Jerusalén, sino también que lo invistiera de autoridad y le otorgara la ayuda necesaria para realizar la obra. Su oración había sido contestada de una manera tan clara que era evidente que ese plan provenía del Señor. Cuando le dijo al pueblo que estaba sostenido por la autoridad combinada del rey de Persia y del Dios de Israel, ellos clamaron «Levantémonos y edifiquemos».

Se necesitan Nehemías en la iglesia de nuestros días. No solamente hombres que puedan predicar y orar, sino hombres cuyas oraciones y sermones estén imbuidos de un propósito firme y vehemente [...]. El éxito que acompañó los esfuerzos de Nehemías muestra lo que pueden lograr la oración, la fe y la acción sabia y enérgica. La fe viva promoverá la acción enérgica (E. G. White, Southern Watchman, 29 de marzo de 1904),

En Jerusalén, los muros estaban derribados; el pueblo, desanimado, cómodo con la situación en que estaba la adoración al Dios verdadero estaba mezclada con el paganismo y una vida espiritual decreciente. Hasta que se levantó un hombre que hizo la diferencia, que fue capaz de animar al pueblo, de entusiasmarlo, de ayudarlo a que la fe naciera de nuevo, que desearan prosperidad, crecimiento en la fe y un impulso de preparación para una acción enérgica.

En estos últimos días, como en la antigüedad, debemos levantarnos para restaurar lo que está caído en el pueblo de Dios, para avivar la fe de muchos y lograr que los creyentes afirmen: «Estamos listos para marchar hacia el cielo». No tenemos tiempo que perder; debemos avanzar, paso a paso, con los ojos puestos en Jesús. Él nos conducirá por el camino correcto.


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