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La Palabra de Dios regenera el corazón

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«Abrió, pues, Esdras el libro ante los ojos de todo el pueblo, pues estaba más alto que todo el pueblo; y cuando lo abrió el pueblo entero estuvo atento. Bendijo entonces Esdras a Jehová Dios grande. Y todo el pueblo, alzando sus manos, respondió: "Amén, Amén.”; y se humillaron, adorando a Jehová rostro en tierra» (Nehemías 8: 5, 6).

NEHEMÍAS no se preocupó solamente por la construcción del muro de Jerusalén, sino también por el estado espiritual del pueblo. Él sentía que predominaba en su entorno un vacío espiritual.

No es suficiente preocuparse por la estructura física de la iglesia, es necesario hacer algo para que las personas que concurren allí experimenten un profundo avivamiento espiritual, como resultado de la lectura de la Palabra de Dios. Esto fue lo que experimentó el pueblo de Israel: por medio de Esdras, las Escrituras proclamaban la verdad abierta y osadamente como nunca antes, a tal punto que los corazones se conmovían, porque los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la Ley. Los israelitas se humillaron, adoraron inclinados en tierra y confesaron sus pecados.

La Palabra de Dios tiene poder para hacer reflexionar al hombre, lo induce al arrepentimiento y da vida a quienes la obedecen y la cumplen. Cuando Esdras leyó la Palabra de Dios delante del pueblo, sintieron la necesidad de subyugar su corazón, de acercarse más a su Dios y de adorarlo plenamente. La Palabra que viene de Dios es viva, es eficaz y más cortante que toda espada de dos filos: penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Si la Palabra de Dios es capaz de hacer esto, ¿no deberíamos ponerle más atención, leerla con frecuencia, meditar en ella y practicarla?

¿Recuerdas la historia del paralítico de Betesda? Él había estado enfermo e imposibilitado por más de 38 años y, cuando escuchó las poderosas palabras de Jesús: «Levántate, toma tu camilla y anda» (Juan 5: 8), «confió en la palabra de Cristo, y Dios le dio el poder. Así fue sanado» (E. G. White, El camino a Cristo, pág. 50). Él podría haberle dicho: «Señor, si me sanas primero, obedeceré tu palabra»; pero no fue así, sino que creyó en la palabra de Cristo, se levantó y anduvo.

Acerquémonos hoy a la Palabra de Dios; regenerará nuestro corazón y lo hará nuevo.


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