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La santidad del sábado

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«En aquellos días vi en Judá a algunos que pisaban en lagares en sábado, que acarreaban manojos de trigo y cargaban los asnos con vino, y también de uvas de higos y toda suerte de carga para traerlo a Jerusalén en sábado; y los amonesté acerca del día en que vendían las provisiones» (Nehemías 13: 15).

DESPUÉS DE SETENTA AÑOS de cautiverio en Babilonia, el pueblo de Israel regresó con Zorobabel y reconstruyeron el templo y los servicios religiosos. Más tarde, llegó Nehemías, quien levantó las murallas de la ciudad con ayuda del pueblo en 52 días. Él fue gobernador de Israel por doce años, y dispuso regresar a Susa, capital del reino Persa, como copero del rey.

No se sabe cuánto tiempo tardó en regresar a Jerusalén, pero en ese tiempo de ausencia, el pueblo cayó en la idolatría. Hicieron alianzas con los paganos y los enemigos de Israel, con matrimonios mixtos. Dejaron de realizar los servicios religiosos de adoración al verdadero Dios. Los levitas tuvieron que irse a las comunidades a trabajar para ganar su sustento y el templo fue abandonado y amancillado, al darle a Tobías, un pagano, vivienda en los departamentos del templo. Por si fuera poco, se olvidaron de la santidad del sábado, comenzaron a deshonrarlo trabajando y comerciando en el día que debe ser dedicado al Creador.

Cuando Nehemías regresó a Jerusalén y se encontró con esa situación caótica, se dedicó a reformar el escenario. Esa reforma implicaba reivindicar la santidad del sábado. Para Nehemías, la observancia del sábado no era un mero hábito o costumbre, sino una práctica divina, una forma de obediencia a la Palabra de Dios con conciencia limpia y corazón puro. Se necesitaba de energía, valor y límites para lograr el objetivo; por eso, una de las decisiones que tomó Nehemías fue cerrar las puertas principales de la ciudad desde antes del comienzo del sábado hasta que ese día santo concluyera.

E. G. White afirmó: «Hay que realizar un esfuerzo especial para producir una reforma con respecto a la observancia del sábado» (E. G. White, Consejos sobre la salud, pág. 419). El sábado es el único día de la semana que fue bendecido y santificado por Dios; todos los que reposan en ese día son reconfortados, sustentados y bendecidos por el Dios del cielo, porque las horas del sábado le pertenecen a él. «Nada de lo que a los ojos del cielo será considerado como violación del santo sábado debe dejarse para ser dicho o hecho en sábado» (White, Joyas de los testimonios, t. 1, pág. 287). Devolvamos al día sábado la santidad original impuesta por el Creador, obedeciendo su Palabra; esto traerá bendición y refrigerio a nuestra vida espiritual.


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