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La puerta cerrada

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«Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo» (Apocalipsis 3: 20).

ESTE PENSAMIENTO BÍBLICO va más allá de la idea de que un inconverso abra su corazón a Dios. Él se dirige a los miembros de la iglesia de Laodicea, que han cerrado su corazón para no oír el último mensaje de amonestación y preparación para el reino celestial. Allí está él, esperando que ese corazón duro, lleno de orgullo y prepotencia y tibieza espiritual, abra la puerta y deje entrar los rayos de luz de salvación. Esa puerta interior no puede ser abierta desde afuera, solamente tú puedes abrirla para que Cristo entre y limpie la casa de toda inmundicia. Su presencia quemará toda escoria y purificará todo el ser, llenándolo de su gracia divina.

El sentimiento de autosuficiencia, tan común en nuestra época, no permite que el hombre perciba la necesidad que tiene. Cristo está llamando a la puerta, y esperando que se abra; él no fuerza la puerta, espera pacientemente como un peregrino que pide hospitalidad. Pareciera que cuando dice: «Si alguno escucha mi voz», es como si preguntara. «¿Habrá alguien que desee tener íntima comunión conmigo?». Su voz está en su Palabra, y podemos escucharla a diario, incluso continuamente. Tenemos la posibilidad de ser conmovidos por su voz.

Un hecho que me inquieta es que si es el hombre quien necesita comunicarse con él, ¿por qué Dios tiene que llamar a su puerta? El Señor, en su infinito amor, no fuerza a nadie a recibirlo; al contrario, desea que la relación con él sea genuina. Por eso, él está a la puerta llamando continuamente; si le abres, producirá una feliz transformación en tu vida y un carácter semejante al de Cristo.

¿Por qué llama Dios a la puerta de cada corazón? No porque haya mérito alguno en nosotros, sino porque nos ama, y quiere que seamos salvos, mediante su muerte en la cruz. No se olvida de nosotros porque somos su creación. Si demoras en abrir la puerta, existe el peligro de que se te haga tarde, porque nadie sabe cuándo terminará su vida aquí en la tierra. La oportunidad es hoy, luego pasará y no sabemos si volverá. Abre tu corazón a Cristo, permite que lo limpie y habite allí para siempre.


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