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Cristo levanta nuestro semblante

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«Tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí mi gloria, y el que levanta ni cabeza» (Salmos 3: 3).

EL HECHO DE BAJAR LA CABEZA y encorvar los hombros suele asociarse con el sentimiento de la derrota. Cuando un equipo pierde un partido, los jugadores, generalmente, salen con la cabeza gacha. Es muy común ver personas agobiadas por las circunstancias de la vida, cuyo espíritu está decaído, sus sentimientos, en el suelo y sin deseos de superación. Personas que no pueden levantar la cabeza, aunque se esfuercen y busquen respuestas en libros de superación personal y por otros medios.

El versículo de hoy afirma que hay alguien capaz de levantar la cabeza del que ya no tiene esperanzas, sueños ni ánimos de seguir. Hay un Dios en los cielos que lo ama y que le dice todo aquel que está cansado puede acudir a él. Tal vez tú te sientas así en este momento; si es así, te invito a ir a Cristo, pide su ayuda. Él levantará tu cabeza y, si lo sigues, te dará fuerzas para resistir el mal, nacerá la fe en tu corazón y permanecerás erguido en ella. Cristo será tu escudo y fortaleza. Podrás decir: «Yo me acosté y dormí, y desperté, porque Jehová me sustentaba. No temeré ni a una gran multitud que ponga sitio contra mí» (Salmos 3: 5, 6).

Cuando nuestra situación es difícil, no nos queda más que clamar a Dios por ayuda. Por ejemplo, David, en medio de una gran tribulación, pero con mucha confianza en Dios, imploró el socorro divino. Mientras más abatido es el creyente por el maligno, ya sea por las reprensiones de la Providencia, el ataque de sus enemigos o alguna enfermedad, tomará una postura más firme y se unirá más estrechamente a Dios, su Señor y Salvador.

Lo primero que hizo David fue llevar su aflicción a Dios, abrió el corazón en su presencia. Sacó fuera, en voz alta, todas aquellas angustias que oprimían su pecho y las puso ante el trono de la gracia. Qué bien nos hace llevar nuestra pena y dolor en oración hasta aquel que no solamente nos ama, sino que también puede compadecerse de nuestra aflicción; porque él mismo fue varón experimentado en quebrantos, y nos invita a acercarnos confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. Cuando entramos en la presencia de Dios vemos más allá de nuestros problemas. Por eso, David dijo: «Tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí, mi gloria, y el que levanta mi cabeza» (Samos 3: 3).


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